Tocando la iluminación

Enviado el Vie, 08/29/2014 - 18:42

De “Touching Enlightenment: Finding Realization in the Body”
Por Reginald A. Ray
Traducción: R. B.


Este cuerpo auténtico e ilimitado no puede ser descubierto hasta que estemos dispuestos a dejar atrás nuestro propio proceso de pensamiento –en la superficie, por así decirlo. Es algo similar a un buzo: mientras flota en la superficie del mar, conoce muy poco de lo que vive allá abajo, pero cuando desciende a las profundidades los mundos ilimitados del océano se abren para él… El gran siddha Saraha dijo: “No hay un lugar de peregrinación más fabuloso y abierto que este cuerpo mío, ningún lugar más digno de explorarse”.



 

Hace muchos años, mientras realizaba una investigación para mi libro Santos budistas de la India, me topé con una frase –“tocar la iluminación con el cuerpo”− que instantáneamente capturó mi imaginación, para convertirse posteriormente en una prolongada contemplación que se ha extendido a lo largo de por lo menos dos décadas. Más tarde intenté determinar, sin mucho éxito, en qué parte había visto esas palabras por primera vez: ¿Fue en un texto del Pali? ¿En alguna traducción o comentario de la tradición Theravada? ¿Las hallé en algún manual de meditación Mahayana o Vajrayana? ¿O sencillamente las soñé o las inventé yo mismo?

 

Sea como sea, “tocar la iluminación con el cuerpo” ha definido mi vida meditativa durante mucho tiempo. Lo que me sigue pareciendo tan convincente en esa frase es su sugerencia de que la iluminación no es algo que veamos, sino más bien algo que tocamos, y, todavía un poco más allá, algo que tocamos no con el pensamiento ni con la mente, sino que con nuestro cuerpo. Es interesante que esta frase de origen misterioso tenga analogías en el interior de la misma tradición Theravada: la iluminación, para los seres humanos, es frecuentemente presentada como una experiencia somática. Dogen, el fundador de la escuela Soto del Zen japonés, habla a veces del cuerpo como la puerta de acceso a la realización última, mientras que las enseñanzas del Dzogchen en el Tíbet afirman que la iluminación se encuentra en el cuerpo.

 

¿Qué pueden significar tales afirmaciones? ¿De qué modo el cuerpo puede ser pensado para jugar un papel tan central y fundamental en la vida de la meditación? Esta interrogante se hace cada vez más interesante e imperiosa en el contexto de nuestra vida contemporánea, cuando tantas personas están sintiendo con tanta intensidad su desconexión con el cuerpo y se encuentran fuertemente atraídos hacia prácticas somáticas y terapias de todo tipo.

 

Llevo esta misma pregunta a mi propia práctica y enseñanza de la meditación durante las últimas cuatro décadas. Muchas cosas me han sorprendido durante este período, pero ninguna más que la creciente y un tanto angustiada conciencia de que simplemente practicar meditación no necesariamente rinde resultados. Muchos de nosotros, cuando nos encontramos por primera vez con el Budismo, encontramos que su invitación a liberarnos y alcanzar la realización a través de la meditación era extraordinariamente cautivadora. Saltamos sobre él con un montón de entusiasmo, reorganizando las prioridades de la vida en torno a la meditación, e invirtiendo mucho tiempo y energía en la práctica.

 

Al involucrarse en la meditación de una manera tan concentrada, algunos descubren el tipo de transformación continua y paulatina que estás buscando. Pero con demasiada frecuencia, al menos según mi propia experiencia como profesor de meditación, esto no sucede. Es cierto que cuando practicamos meditación diariamente encontramos a menudo un sentido definido de alivio y de paz. Durante un período de un año o dos, podemos sentir que las cosas se movilizan en una dirección positiva en términos de reducir nuestra agitación interna y nuestro estrés, y de desarrollar cierta apertura. Todo eso es valioso.

 

Pero si hemos estado practicando durante veinte o treinta años, no es raro encontrar que arribamos a un lugar un poco distinto y bastante más problemático. Podríamos sentir que en algún punto a lo largo del camino hemos perdimos la noción de lo que estábamos haciendo y las cosas se han ido de alguna manera empantanando. Podríamos sentir que los mismos viejos patrones habituales continúan aferrándose a nosotros. Surgen las mismas emociones inquietantes, los mismos bloqueos interpersonales y la misma confusión vital básica, el mismo anhelo insatisfecho y agonizante que nos llevó a la meditación por primera vez. ¿Era defectuosa nuestra inspiración original? ¿Existe algún problema con las prácticas o las tradiciones que hemos estado siguiendo? ¿Hay algo malo con nosotros? ¿Hemos aplicado mal las instrucciones, o se trata quizás de que ellas no son para nosotros?

 

Mi sensación es que existe un problema muy real, que no radica en ninguna de estas preguntas o dudas, sino más bien en una dirección completamente diferente. Mi experiencia sugiere que nuestro problema es muy simple: estamos intentando practicar meditación y seguir un camino espiritual en un estado incorpóreo, y esto nos conducirá inevitablemente al fracaso. Para decirlo con sencillez, los beneficios completos y frutos de la meditación no pueden ser experimentados o disfrutados cuando no estamos arraigados en nuestros cuerpos. La frase “tocas la iluminación con el cuerpo”, entonces, cuando se la entiende plenamente, no sólo implica que somos capaces de tocar la iluminación con nuestros cuerpos; más allá de eso, sugiere que –salvo que sea en y a través de nuestros cuerpos− no existe otra manera de hacerlo.

 

La llamada del bosque


En el pasado del Budismo, cuando han surgido cuestionamientos en torno a la autenticidad de organizaciones, políticas, creencias y prácticas budistas institucionalizadas y convencionalizadas, los practicantes se han retirado al interior del “bosque” (sktȋ, vana, aranya), un término clásico para denominar a las selvas deshabitadas de la India. El “bosque” era considerado como un lugar más allá del alcance de la cultura convencional y del Budismo institucionalizado, un lugar donde la atmósfera permanecía abierta y sin obstáculos. El bosque se entendía como un extravío sin caminos, un lugar destinado para aquellos “otros” que permanecían al margen de la cultura convencional, como los animales salvajes, los dioses y los demonios, así como para las personas más allá de los límites. Esto último incluía a los lunáticos, los criminales, los enfermos terminales, los marginados más extremos y, aún más importante, aquellos practicantes espirituales que literalmente se apartaban de los sistemas religiosos convencionales de India en la búsqueda de “el origen de todas las cosas”.

 

Al interior de la cultura hindú, el bosque era considerado el lugar ideal para la práctica espiritual, porque en él no había reglas ni autoridades a las que obedecer. La única autoridad es el propio caos del bosque. La única regla es lo que espera a cada practicante, únicamente él, fuera a descubrir. La memoria del pasado y los proyectos para el futuro, la infraestructura psíquica de la civilización, allí no se aplican: no tienen ninguna relevancia y ningún asidero. El bosque es otra cosa. En él, solamente hay la posibilidad siempre presente de algún evento, algún encuentro o alguna reflexión que emergen directamente de la misma realidad, pura y limpia de los deseos, expectativas y actitudes humanas. Sólo en el bosque la más radical de los viajes humanos pueden tener espacio, es que nos conduce a contactar directamente con el ser primordial. Generalmente, los grandes santos de la tradición budista tanto en India como a lo largo de Asia fueron, por decirlo así, productos del bosque; hartos de las limitaciones de la cultura de la ciudad y la aldea del Budismo institucionalizado, inspirados por quienes se habían ido antes, desaparecían al interior del bosque durante años, décadas, o incluso por toda la vida.

 

Cada vez más en este nuestro mundo, ya no hay ningún bosque geográfico para que los practicantes podamos retirarnos en él. No es sólo que los lugares frecuentados por meditadores solitarios hayan sido invadidos por la civilización moderna –los bosques fueron vendidos a corporaciones multinacionales y luego rápidamente talados, se construyeron carreteras a través de las áreas de retiro, políticas sociales y económicas destruyeron efectivamente la posibilidad de la renuncia en el bosque. También es cierto que incluso la idea de “bosque” ha sido en gran parte marginada en el Budismo moderno. Cualquier manifestación del Budismo hoy en día, según parece, debe inmediatamente demostrar “compromiso social” e “impacto ético”. No se trata, es claro, que dichos valores no sean importantes. Pero ahora, cada vez más y más, se han convertido en una prueba de fuego para determinar qué formas de Budismo son aceptables y cuáles no lo son. Por lo tanto, el verdadero bosque desaparece rápidamente, y quizás para siempre, de nuestro mundo.

 

Pero existe una nueva tierra salvaje, un nuevo espacio sin caminos, un nuevo territorio desconocido y sin límites, un nuevo terreno caótico que nos llama. Es un territorio −creo− que no ha sido ni puede ser colonizado o domesticado por la ambición y la avaricia humanas, que en su verdadera magnitud no puede ser reducido en absoluto por la lógica humana. Se trata del “bosque” del cuerpo humano. El cuerpo es hoy, según creo, nuestro bosque, nuestra selva, la “extravagante” extensión en la que estamos invitados a desprendernos de todo lo que pensamos, permitirnos desnudar nuestra persona más irreductible, morir en todo el sentido posible de la experiencia y ver lo que, en todo caso, permanece.

 

Me refiero no al cuerpo que pensamos que tenemos, el cuerpo que conceptualizamos como parte de nuestro “yo” o de mi auto-imagen. Por el contrario, estoy hablando del cuerpo que nos encontramos cuando estamos dispuestos a descender hacia él, rendirnos ante su oscuridad y sus misterios, y explorarlo con nuestra conciencia. Este cuerpo auténtico e ilimitado no puede ser descubierto hasta que estemos dispuestos a dejar atrás nuestro propio proceso de pensamiento –en la superficie, por así decirlo. Es algo similar a un buzo: mientras flota en la superficie del mar, conoce muy poco de lo que vive allá abajo, pero cuando desciende a las profundidades los mundos ilimitados del océano se abren para él. Es a este cuerpo siempre desconocido y sin límites al que se refería el gran siddha Saraha cuando dijo: “No hay un lugar de peregrinación más fabuloso y abierto que este cuerpo mío, ningún lugar más digno de explorarse”.