Sensaciones

Enviado el Vie, 10/03/2014 - 17:44

De “Aligned, Relaxed, Resilient. The Physical Foundations of Mindfulness”
Por Will Johnson
Traducción: R. B.


Las sensaciones del cuerpo son tan evanescentes, cambiando, encendiéndose y apagándose a una velocidad tan rápida, que el único momento en que podemos tener una conciencia real de ellas es justo ahora. Las sensaciones expresan el misterio de la vida tal como aparece en este preciso instante, que es el único marco de tiempo en que puede aparecer en absoluto. Desde el punto de vista de las sensaciones, el pasado y el futuro no tienen existencia intrínseca. Las sensaciones y el patrón del pensamiento involuntario son como dos niños en los extremos opuestos de un balancín.

 


En cada parte del cuerpo, hasta en la célula más pequeña, existen sensaciones que pueden ser sentidas. Estas sensaciones son fundamentalmente de naturaleza táctil, lo que significa que percibimos su presencia principalmente a través del sentido del tacto. Normalmente pensamos en el tacto como aquello que ocurre cuando la superficie del cuerpo entra en contacto con otro objeto, pero aquí estamos usando la palabra tacto de una manera mucho más inclusiva. El inmenso mundo del tacto abarca todo lo que podemos sentir, y en el centro de dicho mundo, muy profundo en el interior del propio cuerpo, independiente del contacto con cualquier otra cosa que esté fuera de sí mismo, nos encontramos con la existencia de sensaciones.

 

Aunque estas sensaciones son en su mayoría inimaginablemente pequeñas y oscilan a ritmos casi inimaginablemente rápidos de frecuencia vibratoria, aún así pueden ser claramente sentidas. Pueden aparecer en una multitud de formas, que van desde las sensaciones embotadas y desagradables cuya masa incómoda puede cubrir áreas relativamente pequeñas y específicas del cuerpo, hasta las sensaciones más sutiles y delicadas cuya existencia podemos detectar como una especie de hormigueo agradable o un temblor que pasa a través de toda la longitud del cuerpo. El único factor común a todas las muchas formas de sensaciones es que están constantemente cambiando de un momento al siguiente en la conciencia. Al modo de la marea con su flujo y reflujo, las sensaciones pueden ser sentidas levantándose y luego desplomándose, para luego volver a levantarse una vez más. Esto es tan cierto para aquellas sensaciones más gruesas que nos inclinamos a etiquetar como dolor, como para las sensaciones más finas y trémulas, cuyo constante movimiento y naturaleza cambiante son más fáciles de detectar y observar.

 

Para entender a lo que aquí me refiero, sostén una de tus manos frente a ti con la palma mirando hacia arriba. Permite que la mano se relaje lo máximo posible, y luego comienza a prestar atención a qué es lo que sientes. Al principio quizás no sientas nada en absoluto, pero lentamente las sensaciones empezarán a aparecer. Puedes, por ejemplo, tomar conciencia de una especie de pesadez o de peso cuando la mano se extiende hacia adelante en el espacio. O quizás sientes exactamente lo contrario, una suerte de ligereza, como si la mano estuviera flotando. Puedes sentir una corriente de aire pasando sobre la superficie de la mano. Esta corriente puede ser fría o cálida, dependiendo de la atmósfera del lugar donde estás leyendo esto o del clima del país en el que vives.

 

A medida que tu conciencia del estado de las sensaciones de tu mano sigue creciendo, puedes empezar a tomar conciencia de sensaciones y actividades incluso más sutiles que ocurren en esta única y pequeña parte de tu cuerpo. Algunos pueden comenzar a sentir una especie de pulso o palpitación extendiéndose hasta las puntas de los dedos, producto de la pulsación de la sangre y los siempre presentes latidos del corazón. Al hacerse tu conciencia incluso más refinada, empezarás eventualmente a sentir sensaciones todavía más sutiles. La convencionalmente aparente solidez de la mano puede comenzar a disolver en un resplandeciente torbellino de diminutas sensaciones, como si cada átomo individual se hubiera convertido en una luz parpadeante que se enciende y apaga. De momento a momento, un hormigueo, una corriente eléctrica puede sentirse siempre muy sutilmente animando y pasando a través de toda la masa de la mano. En unos pocos minutos, tu conciencia de la realidad de tu mano, a la que quizás concebías al principio como un objeto relativamente estático e inerte, ha evolucionado considerablemente.

 

Puede percibirse la existencia de estas sutiles corrientes de sensaciones en todas las partes del cuerpo, no sólo en la mano, aunque es cierto que muy raramente somos conscientes de su presencia. Algunas preguntas realmente intrigantes surgen naturalmente como resultado de esta observación. En primer lugar, ¿dónde estaban las sensaciones cuya existencia percibiste en tu mano antes de que llevaras tu conciencia hacia ella, y dónde se han ido ahora que apartaste nuevamente tu conciencia de ella? Y más importante todavía: si dichas sensaciones existen en todo momento, ¿por qué no las sentimos? ¿Y cuál es el mecanismo que utilizamos para no sentirlas?


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Nuestra estrategia preferida para obstruir la conciencia de las sensaciones (o cualquier sentimiento o emoción) es congelar y mantener el cuerpo inmóvil. Esto puede aparecer como la sistemática introducción del bloqueo y la tensión en una parte específica del cuerpo o como la retención de la respiración, dos cosas que en última instancia son lo mismo. Inténtalo por un momento y observa qué ocurre. Retén la respiración. ¿No tienes que mantener también tu caja torácica inmóvil para hacerlo? Luego comienza a respirar nuevamente. ¿No es cierto que tu torso y tu caja torácica deben moverse a fin de que puedas respirar?

 

Ahora congela tu cuerpo. Intenta permanecer como una piedra inmóvil. No muevas los ojos y ni siquiera parpadees. ¿Qué ocurre con el flujo natural de tu respiración cuando haces esto? ¿No se detiene también? Si mantienes inmóviles tu cuerpo y tu respiración, eres incapaz de relajarte, y al ser incapaz de relajarte creas una barrera para la toma de conciencia de las sutiles y trémulas corrientes de sensaciones que podrían de otro modo ser sentidas pasando libremente a través de toda la extensión de tu cuerpo.

 

Es tan común nuestra tendencia a mantener el cuerpo y la respiración inmóviles como un medio para bloquear la conciencia de la presencia literalmente sensacional del cuerpo que podemos considerarla como un patrón universal de tensión. Es universal porque todos lo hacemos en distintos grados. También es útil pensarla como universal para diferenciarla de las los patrones de tensión más personales que reflejan la historia única de cada cuerpo en particular y que son el resultado de los accidentes, la genética, los empleos, los hobbies, los bloqueos y retenciones emocionales. Mi propio patrón personal será muy diferente del tuyo. Ambos, no obstante, compartimos la tendencia universal de mantener cuerpo y respiración inmóviles como un camino para bloquear la conciencia de las sensaciones.

 

El precio que pagamos por tal disminución de la conciencia, sin embargo, es alto. La tensión y el bloqueo interfieren con la habilidad de la fuerza vital para pasar libre y sin obstrucciones a través del conducto del cuerpo. El resultado inevitable es dolor e insensibilidad y un trasfondo perturbador de fatiga. Cuando aprendemos a liberar la tensión y el bloqueo que caracterizan a este patrón universal, el dolor solidificado y la insensibilidad dan paso a una conciencia de la vitalidad corporal y la presencia de las sensaciones del cuerpo vuelve a activarse. El cuerpo puede haber sido experimentado previamente como un objeto sólido que sentía poco más que un monótono entumecimiento generalizado y áreas específicas de malestar. De pronto esta sensación de solidez y entumecimiento se disuelve, y lo que aparece en su lugar es un campo fenoménico compuesto por sensaciones vibrantes que pueden ser sentidas en cada parte del cuerpo, como fluidas gotas de agua que pasaran libremente a través de un canal. Esta experiencia de sensaciones que fluyen libremente suele traer consigo un tono emocional de rectitud y a menudo se percibe como un derecho de nacimiento, un retorno al estado natural que el cuerpo busca asumir.


Si la conciencia del cuerpo como un campo unificado de resplandecientes sensaciones táctiles posee una cualidad tan saludable, la pregunta vuelve a ser formulada: ¿por qué nos resistimos al más natural de los estados, a esta condición que es un derecho de nacimiento, y por qué acumulamos tanta tensión en nuestros cuerpos y en nuestras vidas? La inquietante respuesta es que dicha tensión es obligatoria en la creación de la calidad de conciencia que pasa como normal en el mundo en general.

 

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Vivimos en un mundo que se vuelve progresivamente más y más incorpóreo. La televisión ofrece imágenes bidimensionales de la gente en nuestras habitaciones cada día. Los teléfonos y computadores nos permiten tener conversaciones íntimas con amigos y seres queridos cuyos cuerpos no existen en nuestra presencia inmediata. Para complicar las cosas, podemos tener muy poca conciencia de nuestro propio cuerpo, prefiriendo en cambio confiar en la actividad de nuestra mente para llegar a una comprensión de quiénes somos y cómo funciona el mundo. Debido a que estamos divorciados de la experiencia real del cuerpo, no obstante, algunas de las conclusiones a las que hemos arribado presentan una imagen que no es un fiel reflejo de la realidad. Tal visión sesgada fomenta una enorme cantidad de miedo y alienación, y el dolor y sufrimiento se vuelven inevitables.


La experiencia del cuerpo sólo puede ser conocida a través de la toma de conciencia de las sensaciones. Ellas son la materia de las que el cuerpo está hecho. Al perder la conciencia de las sensaciones entramos en una condición generalizada de pérdida del cuerpo.

 

Además de la disminución de las sensaciones, existe una segunda característica que determina esta condición cultural de descorporeización y que típicamente acompaña al patrón universal del bloqueo, y que puede ser incluso dependiente de él. Cuando las sensaciones disminuyen, el monólogo interno e involuntario de la mente aumenta. De hecho, no es posible estar perdido en el monólogo interno de la mente y mantenerse simultáneamente consciente de la presencia sensacional del cuerpo.


De seguro que estás bastante familiarizado con este aspecto tan común de la mente. Es la voz dentro de tu cabeza. Incluso aunque sus pronunciamientos permanecen en silencio y no pueden ser escuchados por nadie más, pareciera sonar como tu propia voz pero escuchada a una gran distancia. Proporciona un comentario constante sobre tu vida y se inclina hacia el juicio y la crítica (de ti mismo y de los otros), las esperanzas y los temores, los deseos y las aversiones. Como un sueño despierto sobre el que tenemos poca influencia, sus pronunciamientos están en gran medida fuera de nuestro control. No le importa si en verdad queremos estar pensando esos pensamientos o si no. Sencillamente continúa hilando sus historias, indiferente a si estamos realmente interesados en lo que dice. La mayoría de sus especulaciones son casi en su totalidad sobre el pasado o el futuro. Le encanta crear historias sobre traumas pasados o alegrías y posibilidades futuras y luego las repite una y otra vez y luego todavía una vez más. Chögyam Trungpa, un maestro de meditación del siglo XX, desestimó la idea de que estas historias pudieran tener algún valor intrínseco real refiriéndose irónicamente a ellas como “chismorreo inconsciente”.
El momento presente prácticamente no posee ninguna realidad para el monólogo interno de la mente. ¡Si examinas honestamente el contenido del permanente monólogo involuntario, encontrarás que al menos el 85 por ciento de los pensamientos son historias relacionadas con el pasado o el futuro, mientras que el otro 15 por ciento son en su mayoría generalizaciones de naturaleza abstracta basadas en preconcepciones!


Cuán distinto es, en contraste, el mundo de las sensaciones. Las sensaciones del cuerpo son tan evanescentes, cambiando, encendiéndose y apagándose a una velocidad tan rápida, que el único momento en que podemos tener una conciencia real de ellas es justo ahora. Las sensaciones expresan el misterio de la vida tal como aparece en este preciso instante, que es el único marco de tiempo en que puede aparecer en absoluto. Desde el punto de vista de las sensaciones, el pasado y el futuro no tienen existencia intrínseca. Las sensaciones y el patrón del pensamiento involuntario son como dos niños en los extremos opuestos de un balancín. Cuando uno se eleva, el otro desciende. Su relación es de mutua exclusividad. O estamos presentes, planamente conscientes del mundo de las sensaciones, o estamos perdidos en pensamientos sobre el pasado y el futuro. Nuestros pensamientos poseen ciertamente un gran poder, tanto positivo como negativo, y no estoy sugiriendo que exista algo malo en el proceso de pensar. Qué bueno sería, sin embargo, si pudiéramos entrar en ese proceso de pensamiento de manera consciente y creativa, como un ebanista experto que escoge la herramienta adecuada para su trabajo y la deja cuando ha terminado, en vez de estar inconscientemente a merced de ella. Cuando nos apartamos del mundo de las sensaciones y nos recluimos inconscientemente en la cámara más aislada de los pensamientos, todo se torna en cambio más frío y un poco aburrido. El fuego de la vida que podemos sentir fluyendo a través de nuestras venas se apaga, y el mundo se siente como un lugar menos hospitalario en el cual vivir.


A Tich Nath Hahn, uno de los más grandes maestros contemporáneos de mindfulness, le pidieron una vez al final de una entrevista que resumiera en una frase cómo veía a la civilización occidental. Su respuesta fue muy reveladora. Después de considerar el asunto por un momento, respondió simplemente: “Perdida en sus pensamientos”.