Por mis verdaderos nombres

Enviado el Vie, 08/01/2014 - 13:37

De “Política con conciencia: La alternativa buddhista para hacer del mundo un lugar mejor”
Por Thich Nhat Hanh


Si los constructores de paz son realmente felices, entonces ellos mismos irradiarán paz. Para educar a la gente para la paz podemos utilizar palabras o podemos hablar con nuestras propias vidas… Por favor, siéntense con sus hijos y, juntos, contemplen las pequeñas flores que crecen en la hierba. Inspirar y expirar, sonreír juntos: esto es realmente educación para la paz.



 

En 1976 escribí un poema sobre tres personas: una niña de doce años que era uno de los pasajeros de una patera que cruzaba el golfo de Siam y que, tras ser violada por un pirata, se lanzó al mar; el pirata, que nació en un pueblo lejano de la costa de Tailandia; y yo mismo. Yo no me hallaba en la embarcación, de hecho me encontraba a miles de kilómetros de allí, pero supe lo que pasó en el Golfo y fui consciente de ello.


Me enfadé cuando recibí la noticia de la muerte de esta niña, pero después de meditar durante varias horas tras haber oído la noticia, me di cuenta de que no podía simplemente tomar partido en contra del pirata. Comprendí que si hubiese nacido en su pueblo y hubiese crecido bajo sus mismas circunstancias, yo habría sido exactamente como él. Tomar partido es demasiado fácil. Procedente de mi sufrimiento, escribí este poema titulado “Por favor, llámenme por mis verdaderos nombres”. Poseo muchos nombres y cuando me llaman por cualquiera de ellos, tengo que responder: “Sí”.


No digan que mañana ya me habré marchado
porque hoy llego todavía.

Miren en lo profundo: llego a cada instante
para ser un brote en un tallo de primavera,
para ser un pájaro pequeño, de frágiles alas todavía,
que aprende a cantar en mi nuevo nido,
para ser una oruga en el corazón de una flor,
para ser una joya que se esconde en una piedra.

Llego todavía, para reír y para llorar,
para tener miedo y para tener esperanza,
el ritmo de mi corazón es el nacer y morir
de todos cuentos están vivos.

Soy la efímera
que se transforma sobre la superficie del río.
Y soy el pájaro que, cuando llega la primavera,
llega a tiempo para comerse mi efímera.

Soy la rana que nada felizmente
en las aguas claras de un estanque,
y soy también la culebra que
se acerca en silencio y se alimenta con la rana.

Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos,
mis piernas delgadas como cañas de bambú.
Y soy el traficante
que vende armas mortales a Uganda.

Soy la niña de doce años, refugiada en una patera,
que se precipita al océano
tras ser violada por un pirata del mar,
y soy el pirata,
mi corazón aún incapaz de ver y amar.

Soy un miembro del politburó,
con gran poder entre mis manos.
Y soy el hombre
que tiene que pagar su “deuda de sangre” con mi gente
y muere lentamente en un campo de trabajos forzados.

Mi dicha es como la Primavera, tan cálida que hace florecer las flores.
Mi pena es como un río de lágrimas
tan grande que llena los cuatro océanos.

Por favor, llámenme por mis verdaderos nombres,
para que pueda despertar
y la puerta de mi corazón pueda quedar abierta,
la puerta de la compasión.


Mucha gente cree que necesita un enemigo. Los gobiernos se esfuerzan por lograr que estemos asustados y tangamos odio y, de este modo, nos unamos a ellos. En caso de no tener un enemigo real, se inventarán uno para que nos movilicemos. Recientemente, fui a Rusia con unos amigos norteamericanos y europeos, y nos dimos cuenta de que los rusos son una gente fantástica. Durante muchos años el gobierno norteamericano le dijo a sus ciudadanos que los rusos eran un “imperio del mal”.


No es correcto pensar que la situación del mundo está en manos de los gobiernos y que tan sólo con que los presidentes realicen las políticas correctas, entonces habrá paz. Nuestra vida cotidiana es lo que más tiene que ver con la situación del mundo. Si podemos cambiar nuestra vida cotidiana, podremos cambiar nuestros gobiernos y podremos cambiar el mundo. Nuestros presidentes y nuestros gobiernos somos nosotros: son el reflejo de nuestro modo de vida y nuestro modo de pensar. El modo de sostener una taza de té, de agarrar el periódico e, incluso, de utilizar el papel higiénico, tiene que ver con la paz.


Como monje novicio en un monasterio buddhista, se me dijo que fuera consciente de cada cosa que hiciera a lo largo del día. Desde entonces, durante más de cincuenta años he estado practicando el ser consciente de este modo. Cuando empecé, pensé que este tipo de práctica era sólo para principiantes, que las personas más avanzadas hacían cosas más importantes, pero ahora sé que la práctica de ser consciente es para todos. La meditación es ver en nuestra propia naturaleza y despertar. Si no somos conscientes de lo que está pasando en nosotros y en el mundo, ¿cómo podremos ver en nuestra propia naturaleza y despertar? ¿Estamos realmente despiertos cuando bebemos un té, leemos el periódico o nos sentamos en el wáter?


Nuestra sociedad nos dificulta estar despiertos, ¡hay tantas distracciones…! Sabemos que cada día mueren de hambre 40.000 niños en el Tercer Mundo y, aún así, seguimos olvidándolo. El tipo de sociedad en el que vivimos nos hace ser olvidadizos, por este motivo necesitamos una práctica que nos ayude a ser conscientes. Por ejemplo, conozco varios amigos que dos veces por semana se abstienen de cenar para recordar la situación del Tercer Mundo.


Un día le pregunté a un joven vietnamita, que estaba comiendo un cuenco de arroz, si los niños de su país comían arroz de tan alta calidad. Él me respondió que no, porque conocía la situación. En Vietnam había pasado hambre, en ocasiones sólo había podido comer patatas secas, mientras soñaba con un cuenco de arroz. En Francia, lleva un año pudiendo comer arroz y ya está empezando a olvidar. Pero cuando yo se lo pregunté, entonces lo recordó. No podía hacerle la misma pregunta a un niño francés o norteamericano, porque ellos no han tenido la experiencia de pasar hambre. Resulta difícil para la gente en Occidente entender la situación del Tercer Mundo. Parece que no tiene nada que ver con su situación. Le conté al chico vietnamita que el arroz que comía en Francia provenía de Tailandia y que la mayoría de los niños tailandeses no come un arroz de tan alta calidad, porque el mejor arroz se reserva para exportarlo a Japón y Occidente a cambio de divisas extranjeras. En Vietnam tenemos una variedad de plátano deliciosa llamada chuôì già, pero los niños y adultos de Vietnam no tienen el derecho de comer estos plátanos porque también se reservan todos para la exportación. A cambio, Vietnam recibe rifles para matarnos a nosotros mismos y a nuestros hermanos. Algunos de nosotros practicamos este ejercicio de conciencia: esponsorizamos a un niño del Tercer Mundo y recibimos noticias de él o ella, con lo que nos mantenemos en contacto con la realidad de afuera. Intentamos estar despiertos de muchas maneras, pero nuestra sociedad todavía nos sigue haciendo olvidadizos. La meditación sirve para ayudarnos a recordar.


Tenemos otras formas de incrementar la conciencia. Un chico holandés de treinta y un años visitó nuestro centro de retiro y se reunió con nosotros para una comida en silencio. Era la primera vez que comía en silencio y la situación le resultaba violenta. Más tarde, le pregunté si se había sentido incómodo y me respondió que sí. Le explique que el motivo por el que comemos en silencio es para estar en contacto con la comida y la presencia de los demás. Si hablamos mucho no podemos disfrutar de estas cosas. Le pregunté si alguna vez apagaba el televisor para disfrutar más de la cena y me dijo que sí.


Más tarde aquel día, le invité a unirse a nosotros para otra comida en silencio y esta vez la disfrutó mucho. La sociedad nos destruye con tanto ruido y distracciones que hemos perdido el gusto por el silencio. Cada vez que tenemos unos minutos, encendemos el televisor o hacemos una llamada de teléfono. No sabemos cómo ser nosotros mismos sin algo que nos distraiga. Así que lo primero que necesitamos hacer es regresar a nosotros mismos y reorganizar nuestra vida cotidiana para no ser meras víctimas de la sociedad y las demás personas.


Muchas organizaciones pacifistas no tienen el espíritu de paz en sí mismas e incluso les resulta difícil trabajar con otras organizaciones pacifistas. Si los constructores de paz son realmente felices, entonces ellos mismos irradiarán paz. Para educar a la gente para la paz podemos utilizar palabras o podemos hablar con nuestras propias vidas. Si no somos pacíficos, si no nos sentimos bien en nuestra piel, no podemos demostrar una paz verdadera, ni tampoco podemos educar bien a nuestros hijos. Cuidar bien a nuestros hijos significa cuidarnos bien a nosotros mismos, ser conscientes de nuestra situación. Por favor, siéntense con sus hijos y, juntos, contemplen las pequeñas flores que crecen en la hierba. Inspirar y expirar, sonreír juntos: esto es realmente educación para la paz. Cuando podamos aprender a apreciar estas pequeñas y hermosas cosas, ya no tendremos que buscar nada más. Nosotros mismos podemos ser la paz, y podemos hacer la paz con nuestros amigos e, incluso, con nuestros llamados enemigos.