Liberación

Enviado el Mié, 04/09/2014 - 20:55

The Awake in the world. Teachings from Yoga and Buddhism for Living an Engaged Life.
Por Michael Stone
Traducción: Rodrigo Bobadilla.


“La mayor pobreza es no vivir
en un mundo físico”
−WALLACE STEVENS

 


Mientras caminaba hacia el edificio al atardecer a través de las manchas de luz y la nieve, observé las primeras sombras del eclipse que está sucediendo esta noche. El origen de la palabra mokşa, que habitualmente usamos para describir la iluminación o el despertar, tiene sus raíces en el simbolismo del eclipse. Mokşa hace referencia, etimológicamente, a la última fase de un eclipse, cuando un cuerpo comienza a moverse fuera del camino de otro para que éste último pueda resplandecer. Esta tarde la sombra de la Tierra se ha cruzado por delante de la luna y la ha ocultado; pero en cuanto dicha sombra ha comenzado a retirarse, la luna ha brillado otra vez.


Esta comprensión de la palabra mokşa me agrada mucho más que el término iluminación. Cuando hablamos de iluminación utilizamos una palabra cargada con demasiada interpretación cultural. Ella oscurece lo que sentimos cuando reconocemos gradualmente, y a veces de repente, la manera en que nuestras mentes han sido cubiertas y teñidas por los viejos hábitos que nos enceguecen. Al describir este proceso como despertar, en cambio, reflejamos con mayor agudeza el proceso gradual en el que buscamos liberarnos de las restricciones autoimpuestas que nos empantanan y refuerzan nuestros sentimientos de separación y carencia. Despertar es, más que la búsqueda de un estado mental permanente y eterno, un proceso de abrir los ojos. Del mismo modo en que la luna eclipsada se encuentra manchada, ennegrecida por la sombra de la Tierra que cruza lentamente entre ella y el sol, el despertar puede ocurrir y luego ser eclipsado por nuestra existencia terrenal y cotidiana. La práctica, sin embargo, le permite brillar nuevamente, tal y como dijo Patañjali: “levantar el velo para mostrar la luminosidad intrínseca de la mente”.


Si pensamos en mokşa como algo que nos hace trascender o salir del cuerpo, como el cese de todos los pensamientos o el final de todas las relaciones, la iluminación se convierte en un logro vertical, poco sano e imposible de conseguir. Todo gira en torno a “mí”, un cohete despegando desde la corteza terrestre y tratando de huir de aquí de cualquier manera que sea posible. El impulso de ir más arriba o más afuera extravía la experiencia del cuerpo y la mente por completo, pues se trata de un intento de ir más allá de ambos. Pero incluso si voláramos por sobre la luna y fuéramos miles de años y órbitas lejos del mundo, no nos encontraríamos más cerca de “aquello” que buscamos de lo que nos encontramos ahora. Entretanto, estamos aquí, en nuestros cuerpos, vestidos de cierta forma, experimentando, encontrándonos o enredándonos con otros. Y no hay nada tan valioso y tan bello.


Desde los primeros días de nuestra historia humana, nos hemos estado narrando enormes relatos inconclusos para darle algún sentido a nuestra estadía en este lugar. ¿Adónde iremos después de morir? Puesto que jamás lograremos dar con una respuesta que en última instancia nos deje satisfechos, ¿sería mucho pedir que empezáramos a dejar esa pregunta a un lado? ¿Acaso no nos distrae de lo que está sucediendo aquí y ahora? La vida humana se ha gastado en la persecución de una total comprensión visionaria acerca de dónde nos dirigimos y de qué podemos asegurar para nosotros en el futuro. ¿Y si cambiáramos la dirección de esas historias, de modo que la vida dejara de buscar ascender a ninguna parte? ¿Por qué esta vaga noción de ser “yo” en algún futuro estimula tanto a nuestra imaginación? Cuando prestas una atención detallada al momento en que tu inhalación se materializa y da lugar a una pausa silenciosa, y luego al momento en que tu exhalación desciende hacia tu abdomen bajo hasta llegar eventualmente a un punto inmóvil, empiezas a darte cuenta de que has comenzado a abandonar todas esas historias, que has comenzado a abandonarte incluso a ti mismo, en cada momento de la vida. De hecho, ahí no hay momentos, no hay presente, no hay ningún tiempo al que aferrarse. Cuando la mente decidida resplandece, puede fluir dentro y fuera del mundo con mucha ligereza. El otro extremo es una visión determinada y completa de algún tipo de absoluto que obligatoriamente debe existir, pues de lo contrario “mi práctica está fallando”. Se trata de un extremo imposible.


De cara a una realidad tan cruda, deseamos huir hacia el Absoluto, escapar hacia nuestros relatos de trascendencia y eternidad. Un yoga secular y moderno no deberá tener nada de eso. No existes para asegurarte a ti mismo en contra de la impermanencia, sino para reconocerte como impermanente. Vivimos vertiéndonos hacia afuera de nosotros. Esto podría concebirse retrospectivamente como una “autorrealización”, pero lo cierto es que mokşa, en la experiencia, es tan solo la revelación de una intimidad. Freud y Heidegger, Kierkegaard y Samuel Beckett se horrorizaban ante la ausencia de relatos o narraciones. Pensaban en ella como en una especie de vacío o abismo. No estoy seguro de que la noción de un vacío sea realmente una cosa negativa. Siempre estamos viviendo una vida agónica. Cualquiera que trabaje con el cuerpo respiratorio día y noche sabe esto de manera visceral. ¿Podemos encontrar la meta de la práctica en este preciso lugar y no proyectarla hacia el futuro? Una postura de yoga no tiene un punto final. Tampoco lo tiene la respiración. Hay corrientes ocultas en todo, flujos de transición, eclipses de eclipses, lava bajo el agua. La “meta de la práctica” es una frase demasiado utópica y lineal. Si debemos verternos fuera de nosotros mismos por completo, reconoceremos que aquello que imaginábamos como un vacío era en realidad una fuente. Ahora que habitamos en un mundo completamente dominado y construido por seres humanos, necesitamos más que nunca la claridad de esta manera de ser.


Al atardecer comenzó a llover, y ahora el cielo de la tarde es suave y se ha llenado con el sonido humedecido de un avión distante. Tal vez está volando cientos de kilómetros lejos de aquí para llevar a cientos de pasajeros hasta sus casas, o tal vez lejos de casa, un kilómetro más o menos por encima de la tierra, por encima de las nubes, pero bien por debajo de las hileras de estrellas que son imposibles de divisar esta noche. Como el cielo, la mente no siempre está clara. No podemos barrer con todas las nubes de la mente, los estados del cuerpo, los circuitos asentados en el sistema nervioso. Pero podemos observar todo eso con una mente libre de fijaciones. Despertar es entonces el proceso de ver a través de la nubosidad, de observar el modo en que nuestra atención se queda atrapada en las nubes del hábito. Continuamente estamos cayendo en estas trampas de la conciencia. El cuerpo está lleno de ellas.


Si imaginamos a la Tierra dejando de interponerse entre la luna y el sol, y a la luz regresando nuevamente a la superficie lunar, tendremos una imagen clara de lo que el despertar debería significar para nosotros. ¿Qué es lo que deja de interponerse en el camino de qué otra cosa? ¿Qué es lo que oscurece tu habilidad para permanecer claro y atento, presente y comprometido?


Existe una estabilidad innata de la conciencia y una sensación constante de interconexión que surgen cuando estamos en sintonía con nosotros mismos, en sintonía con los demás. Cuando estamos en el tiempo preciso, al ritmo exacto, nos movemos con facilidad y actuamos con claridad. Cada momento está completo. Pero no completo en el sentido de haber encontrado una quietud final o eterna. La experiencia de estar completo o en plenitud siempre cambia y se transforma en otra cosa. No se queda atascada en un estado o rasgo particular.


Nosotros operamos ahora tal como la nube, como la arena, como una ventana, como un árbol. Está claro que no eres un árbol, que nunca podrás serlo. ¿Qué significa entonces ser un ser humano de la misma manera en que un árbol es un árbol? El árbol sale a la luz a través de la expansión de su follaje, mientras que el ser humano apila maderos para encender el fuego de la tarde. Cuando Patañjali dice, justo en el primer parágrafo de los Yoga-Sūtra, tadā drasthu sva-rūpe´vasthānam (“entonces uno permanece en su propia naturaleza”), quiere decir que cuando puedas dejar que las distracciones que crean reactividad jueguen su propio juego, sin quedar atrapado en ellas, entonces (tadā) podrás ser tú mismo, habitar en tu propia naturaleza original. El término avasthānam significa “permanecer en”. Pero no se trata de que permanezcas en algo que tú mismo has creado. Se trata de que la creatividad inherente de la vida puede moverse a través tuyo cuando sencillamente estás siendo tú mismo.


Vivir la vida de otro es no hacerse cargo de la propia. Vivir a la sombra de otro es estar eclipsado por una vida que no es la tuya. Algunas veces esas sombras son tus propias expectativas o juicios. El yoga se trata del modo en que vivimos nuestras vidas. Debemos apreciar nuestras existencias finitas recortadas sobre el trasfondo de la infinitud y la interconexión. Por medio de nuestra sabiduría y una práctica a largo plazo, podremos estar anclados en el mundo del día a día y encontrar los medios hábiles que requerimos para cuidar de lo que necesitamos, además de transformar nuestras actividades en medios de servicio y compromiso creativo.

Creta, Grecia, 2006.