Entre el Cielo y la Tierra

En Psicología del despertar
Por John Welwood

 



Los principios del trabajo interno

En los más de veinte años que llevo trabajando como psicoterapeuta y practicante de meditación me he visto repetidamente obligado a afrontar ─tanto en mi propia experiencia como en la de mis clientes, alumnos y amigos─ lecciones ligadas a la relación existente entre el trabajo psicológico y el trabajo espiritual y, durante todo este tiempo, he ido alternando entre dos perspectivas diferentes. A veces he creído que la indagación psicológica del ego es diametralmente opuesta ─e incluso, en ocasiones, antagónica─ al objetivo espiritual de trascender el ego y, en otras, me ha parecido un complemento muy valioso del trabajo espiritual. Se trata de un problema complejo que consideraremos detenidamente a lo largo del presente libro. Comenzaremos con una consideración básica de las dificultades comunes a estos dos caminos y del diferente modo como las abordan.

El bypass espiritual

A comienzos de los años setenta empecé a darme cuenta de la presencia de una inquietante tendencia entre los integrantes de las comunidades espirituales. Ciertamente, muchos de ellos estaban haciendo un buen trabajo, pero también advertí una tendencia muy común a servirse de la práctica espiritual como una excusa para eludir los problemas emocionales o las situaciones no resueltas. Durante miles de años, el deseo de liberarnos de las estructuras terrenales que parecen atraparnos ─el karma, el condicionamiento, el cuerpo, la forma, la materia o la personalidad─ ha sido una de las motivaciones fundamentales de la búsqueda espiritual. Tal vez por ello exista la difundida tendencia a utilizar la práctica espiritual como un modo de soslayar los conflictos emocionales y personales y los problemas no resueltos que nos abruman, una tendencia que denomine bypass espiritual y que consiste en tratar de eludir o trascender prematuramente las necesidades, los sentimientos y las tareas evolutivas básicas.


En una época y una cultura como las nuestras, en las que los hitos que anteriormente jalonaban el paso a la madurez ─como ganarse el pan con un trabajo digno, crear una familia, conservar un matrimonio o pertenecer a una comunidad que nos dé sentido─ se han convertido en cuestiones sumamente esquivas para grandes segmentos de la población, el bypass espiritual resulta especialmente tentador para aquellas personas que tienen dificultades en afrontar los desafíos evolutivos que les presenta la vida. Son muchas las personas que, cuando todavía no se han encontrado a sí mismas, se ven inmersas en enseñanzas y prácticas espirituales que les instan a renunciar a sí mismos y, como resultado de todo ello, acaban sirviéndose de las prácticas espirituales para crear una nueva identidad “espiritual” que, en realidad, no es más que el ropaje bajo el que se oculta una vieja identidad disfuncional basada en la evitación de los problemas psicológicos.


Es por ello por lo que el compromiso con las enseñanzas y prácticas espirituales puede proporcionar una justificación racional que no haga sino consolidar las viejas defensas. Quienes, por ejemplo, necesiten considerarse especiales subrayarán la singularidad de su visión, de su práctica espiritual o de la relación que mantienen con su maestro como un modo de apuntalar su sensación de autosuficiencia. Es así como muchos de los «peligros que acechan al camino» ─como el materialismo espiritual (el uso de las ideas espirituales en provecho personal), el narcisismo, la inflación (el delirio de grandeza) o el “pensamiento grupal” (la aceptación acrítica de la ideología del grupo)─ se derivan del uso de la espiritualidad para soslayar las deficiencias del desarrollo.

Identificación, rechazo e insensibilización

Según muchas tradiciones espirituales, existen tres tendencias básicas que nos mantienen atados a la rueda del sufrimiento: la tendencia a rechazar lo que nos resulta difícil o doloroso, la tendencia a identificarnos con algo sólido que nos proporcione consuelo y seguridad y la tendencia a insensibilizarnos para no experimentar, de ese modo, los problema inherentes al placer y al dolor, a la pérdida y a la ganancia.


El bypass espiritual es un síntoma de la primera de estas tendencias, la tendencia a huir de lo que nos resulta difícil o desagradable. El ego débil ‒el ego que no se siente lo bastante fuerte como para afrontar las dificultades‒ busca el modo de eludir los sentimientos. Así pues, el intento de escapar de los problemas no resueltos de la personalidad condicionada constituye uno de los principales peligros del camino espiritual, sobre todo para los occidentales modernos.


La segunda tendencia ‒la tendencia a la identificación y el estancamiento‒ suele ser una de las trampas más sutiles de la psicoterapia. Hay personas que encuentran tan fascinante escarbar en sus sentimientos, arquetipos, sueños y relaciones, que permanecen continuamente absortos en su mundo psicológico. Y es que el hecho de considerar al trabajo psicológico como la culminación del viaje puede abocar a un callejón sin salida que no haga sino alentar el egocentrismo. Como dijera Freud en cierta ocasión, nunca llegaremos a drenar por completo el pantano: por esto, el hecho de centrar desproporcionadamente nuestra atención en los estados internos de la estructura de nuestra personalidad puede convertirse en una trampa sutil que nos impida trascenderla.


La tercera tendencia, la tendencia a insensibilizarnos tanto de nuestra experiencia personal como de nuestra vocación espiritual, es una de las trampas más comunes de nuestra sociedad. Todo nosotros tenemos una parte a la que le gustaría ocultarse y pasar la vida realizando el menos esfuerzo posible. Esto es, precisamente, lo que conduce a las dependencias tan frecuentes en Occidente ‒como la dependencia de la televisión, de los espectáculos deportivos, el consumismo, el alcohol y la drogadicción‒ formas de adormecernos y evitar así afrontar las dificultades de la vida.

El cielo, la tierra y el ser humano


Las tres dimensiones de la condición humana de las que habla la filosofía china tradicional ‒el cielo, la tierra y el ser humano‒ pueden ayudarnos a sortear estos tres grandes peligros: el bypass espiritual, la absorción egocéntrica en uno mismo y la distracción que conduce a la insensibilización.


Dicho en palabras muy sencillas, somos seres que permanecemos erguidos con los pies sobre el suelo y la cabeza orientada hacia el cielo. Nuestros pies se asientan en la tierra y no tenemos más remedio que permanecer donde estamos, lo cual implica la necesidad de respetar el mundo y a nosotros en el plano horizontal, algo que trata de eludir el bypass espiritual. Éste es el principio terrenal.


Pero nuestra cabeza también se halla simultáneamente orientada hacia el cielo que nos rodea y nos permite ver cosas que se hallan mucho más allá de los intereses y preocupaciones ligadas a la supervivencia inmediata, como el horizonte, las estrellas, los planetas y el espacio inmenso que rodea la Tierra. A pesar del aparente significado de las preocupaciones terrenales, basta con ascender tres mil metros para que las cosas empiecen a perder parte de su importancia. Y, si todavía subimos más arriba ‒como hacen los astronautas‒, todo acaba convirtiéndose en una mancha diminuta. Cuanto más ascendemos verticalmente ‒algo que nuestra conciencia siempre puede hacer‒, más nos adentramos en el espacio insondable. Y es que la conciencia humana no pertenece tan sólo a la tierra, y nuestra vida sólo cobra sentido en el trasfondo que le proporciona el espacio infinito. Éste es el principio celestial.


La postura humana básica ‒con la cabeza y los hombros erguidos y los pies firmemente asentados en la tierra que nos sostiene‒ expone al mundo nuestra parte delantera. Los animales que caminan a cuatro patas protegen su parte delantera y las púas del puercoespín mantienen alejados a los predadores, pero el ser humano camina exponiendo al mundo su vientre y su corazón, los centros en que se asienta el sentimiento.


Sentir es responder corporalmente al mundo que nos rodea, algo que, le prestemos atención o no, está ocurriendo de continuo. Y es precisamente esta exposición al mundo de nuestra parte delantera más vulnerable la que permite que el mundo y los demás puedan conmovernos. Este es el tercer elemento ‒el elemento específicamente humano‒ de la tríada cielo-tierra-ser humano.


Cuando no prestamos la atención debida a estas tres dimensiones, nuestra vida se distorsiona y desequilibra. Si sólo nos ocupamos de las cuestiones ligadas a la supervivencia y a la existencia inmediata acabamos pegados a la tierra y hundiéndonos en el fango. Si, por otra parte, no tenemos adecuadamente en cuenta nuestras necesidades terrenales, acabamos desconectándonos de la tierra y perdiéndonos con la cabeza en las nubes. Si, por último, tratamos de dejar de lado nuestra ternura, acabamos atrapados en la coraza del carácter que desarrollamos para proteger nuestros vulnerables centros sensibles. Y es que, aunque no tengamos el capazón del armadillo ni las púas del puercoespín, nosotros desarrollamos las defensas del ego.


Ser plenamente humano significa tender puentes entre la tierra y el cielo, entre la forma y el vacío, entre la materia y el espíritu. Y nuestra humanidad se expresa en el corazón, en la profundidad y la ternura que se abre en la intersección entre esos dos polos.


Convendrá ahora prestar atención a los tres tipos de trabajo interno que pueden ayudarnos a cultivar y equilibrar estas tres dimensiones de nuestra naturaleza.

Conectar con la tierra y asumir forma: El principio terrenal

Las prácticas espirituales apuntan a liberarnos de la identificación exclusiva con la estructura egoica estrecha y condicionada hasta llegar a comprender que somos mucho más que todo eso. Pero, para cosechar los beneficios de este tipo de práctica, deberemos disponer previamente de una estructura egoica con la que poder trabajar. Eso es, precisamente, lo que significa estar arraigado en la tierra.


Resulta lamentable que la acelerada sociedad urbana y tecnológica en que vivimos no nos enseñe a conectar con nuestra propia experiencia. La crisis de la familia y de la comunidad alienta el desarrollo de personas cada vez más neuróticas que pierden parte de su vida repitiendo inconscientemente las pautas distorsionadas que aprendieron durante su infancia. Es por ello por lo que el fundamento para el establecimiento de una individualidad auténtica que no se vea compulsivamente limitada por las tendencias condicionantes del pasado ‒las imágenes limitadoras de uno mismo, la negación de las necesidades, el autocastigo, los guiones aprendidos en la infancia, las pautas disfuncionales de relación interpersonal y el miedo a amar y a perder el amor‒ exige reconocer, trabajar y trascender esas pautas inconscientes, un trabajo, obviamente, más psicológico que espiritual.


El principio terrenal, pues, nos obliga a conectar con la tierra para poder habitar más plenamente nuestro cuerpo, trabajar con nuestras pautas psicológicas y asumir nuestra auténtica forma. En el mejor de los casos, la psicoterapia puede servir para convertirnos en personas más asentadas. Pero este tipo de trabajo también puede resultar muy doloroso, porque supone lo que Robert Bly denomina «descender a nuestra propia herida». Todos nosotros padecemos el dolor de estar desconectados de nuestro propio ser, una desconexión que se originó en nuestra infancia cuando nos contrajimos reactivamente ante un mundo que no pudimos ver ni admitir plenamente. Cuando se practica en un contexto espiritual, la psicoterapia puede ser una forma de trabajo del alma que nos ayude a encontrar un sentido más profundo en el sufrimiento. Es así como el dolor y la neurosis particular nos muestran, exactamente, los lugares en que nos hemos cerrado y, en consecuencia, los puntos en los que debemos seguir desarrollándonos en tanto que individuos. En este sentido, el término alma apunta hacia el interior, hacia una experiencia profunda de significado, objetivo y vitalidad individual.


Los distintos enfoques psicológicos afrontan de modo distinto el trabajo de conectar con la tierra. Son muchos los sistemas que comparten la idea de que el auténtico cambio no tiene tanto que ver con la charla y la comprensión intelectual como con el funcionamiento energético del cuerpo. En el método denominado focusing, por ejemplo ‒un método desarrollado por Eugene Gendlin‒, resulta esencial pasar de la mente pensante al cuerpo vivido, conectar con la sensación corporal sentida de lo que está ocurriendo y dejar que el cuerpo sentido encuentre y exprese su propia voz. Otros enfoques, como la gestald o la bioenergética, por su parte, ayudan al cuerpo a abrirse y responder de formas nuevas.


La práctica espiritual también implica la conexión con la tierra, lo que podríamos llamar el movimiento descendente. Como dicen ciertas tradiciones orientales, como el aikido y el tai chi chuan, por ejemplo, para asentarse firmemente en la tierra es preciso conectar con el centro de gravedad corporal que se ubica debajo del ombligo y al que los japoneses y chinos denominan hara y tan tien inferior, respectivamente. Y lo mismo sucede en la tradición zen con la postura de la meditación sedente, que subraya el trabajo, la atención minuciosa a los detalles y la atención plena al cuerpo («acarrear leña y llevar agua»). Pero, por más que la conexión con la tierra desempeñe un papel importante en el camino espiritual, no constituye, sin embargo, su esencia.

Soltar: El principio celestial

Mientras que el trabajo del alma implica bajar a tierra y asumir una estructura y una forma, la esencia del trabajo espiritual consiste en aprender a entregarse y renunciar a toda forma. Tal vez hayamos trabajado ya con nuestras neurosis, nuestros guiones y las confusiones emocionales en las que estábamos atrapados. Pero, aun cuando seamos lo que los psicólogos de orientación humanista denominan una persona “autorrealizada” y “plenamente funcional”, existen multitud de modos de seguir aferrado a uno mismo. Es difícil permitirse ser, sin identificarse con ninguna estructura, agenda, meta ni actividad. Nos ponemos nerviosos cuando nos hallamos en un espacio vacío, cuando existe un silencio en la conversación, cuando no sabemos qué decir o cuando no hay ninguna revista en la mesilla de la sala de espera.


Cuando aprendemos a abrirnos a ese espacio, como, por ejemplo, sucede en el caso de la meditación sedente, llegamos a advertir la sutileza y omnipresencia del apego a la fijación central en el yo, en mí o en lo mío. En este sentido, el trabajo espiritual nos ayuda a comprender y a liberarnos de la identificación con una imagen limitada de nosotros mismos y realizar así nuestra naturaleza más elevada que subyace más allá de toda forma, estructura o pensamiento. Si comparamos la psicoterapia con la acción de podar y fertilizar un árbol para que pueda crecer y dar frutos, la práctica espiritual es la medicina radical, la medicina que va a la misma raíz de la identificación con una concepción limitada del yo que nos impide relajarnos y sumergirnos más profundamente en el fundamento mismo de nuestro ser.


La práctica budista aspira a la liberación de las cinco tendencias universales causantes de sufrimiento, los llamados kleshas o venenos raíz: el apego, la agresividad, la ignorancia, los celos y el orgullo. Mientras sigamos identificados con una visión limitada de nosotros mismos, estos kleshas seguirán presentándose, sin importar el trabajo psicoterapéutico que hayamos realizado.


Según cierta metáfora del budismo tibetano que asimila los kleshas raíz a una planta venenosa, existen tres niveles distintos de práctica espiritual. El primero de ellos aspira a reemplazar las tendencias nocivas con sus correspondientes disposiciones virtuosas. Pero, para ello, hay que arrancar la planta, un procedimiento limitado por cuanto puede romper la conexión con la tierra. Y es que cualquier intento de superar los sentimientos y emociones negativas mediante la trascendencia celestial ‒elevándonos por encima o tratando de purificarnos mediante la negación de los impulsos inferiores‒ puede acabar conduciendo al bypass espiritual y, en suma, a la ruptura interna.


El segundo nivel de práctica no apunta tanto a erradicar la planta como a desarrollar el correspondiente antídoto. En el budismo mahayana, por ejemplo, el antídoto para la actividad venenosa de los kleshas es el descubrimiento de sunyata o la vacuidad, la dimensión abierta del ser que disuelve la tendencia a identificarse con cualquier cosa. Este nivel, sin embargo, también puede llevarnos a preferir la vacuidad por encima de la forma, una discriminación sutil que también acaba escindiéndonos internamente.


El tercer nivel de práctica ‒siempre según esta analogía‒ consiste en desarrollar la inmunidad al veneno mediante la ingestión juiciosa de la planta. Éste es el camino seguido por el budismo tántrico o vajrayana que transmuta los venenos en amrita, el jugo de vida, el néctar de nuestra auténtica naturaleza. Es evidente que, para poder realmente asimilar el veneno y llevar a cabo esta clase de transmutación, se precisa mucho entrenamiento y preparación. Ésta es, precisamente, la función de la meditación. Cuando aprendemos a abrirnos a los venenos de nuestra mente y reconocemos que todos ellos son fijaciones que emergen de la desconexión de nuestra naturaleza auténtica, comenzamos a sustraernos a su poder. Este tercer camino es el único que nos permite acceder a la energía vital contenida en los venenos, una energía que puede ayudarnos a mantener nuestra conexión con la tierra, nuestra pasión y nuestra vida cotidiana. En la medida en que dejamos de vernos obligados a rechazar nuestras tendencias neuróticas, aumenta también nuestra compasión y comprensión por los demás, lo cual nos permite trabajar más directa y hábilmente con ellos.

Despertar el corazón: El principio humano


La interacción entre la tierra y el cielo, entre asumir una forma y dejar de asumirla, da lugar al tercer principio del trabajo interno, despertar el corazón que, en el pensamiento filosófico chino, se corresponde con el principio humano. Así pues, despertar el corazón significa despojarnos de la coraza de nuestro carácter y permitir que la realidad y los demás entren en nosotros. Mantener el corazón abierto es la fuente del coraje (una palabra, dicho sea de paso, derivada del término francés coeur, que significa corazón) que nos permite permanecer abiertos a lo que la vida nos depare y dejar que nuestro corazón se conmueva.


Aunque el trabajo psicológico pueda despejar el camino de apertura de nuestro corazón, su despertar pleno requiere una entrega que sólo es posible desde la realización espiritual. Sin la inmensa amplitud proporcionada por el principio del cielo tal vez pudiéramos abrirnos a los demás, pero seríamos incapaces de permitirles ser. Esta entrega también va acompañada de la recuperación del sentido del humor que aparece precisamente cuando dejamos de estar atrapados en una estructura. Para poder reírnos es necesario salir de la estructura en la que anteriormente estábamos atrapados ya que, sin esa sensación de espacio, humor y entrega, nuestro corazón podría volverse demasiado empalagoso, sentimental, pesado e identificado.


Pero para despertar el corazón también es preciso seguir conectado con la tierra ya que, sin esa conexión, no puede haber ningún tipo de compasión. Si sólo sabemos renunciar pero ignoramos el modo de comprometernos y si nuestra única preocupación tiene que ver con el espacio y el espíritu, jamás podremos zambullirnos plenamente y trabajar con nuestras propias circunstancias y con las de los demás seres sensibles. La auténtica compasión sólo dimana de la implicación con el mundo de la forma, la limitación, la personalidad y el karma. Si sólo estamos orientados hacia el espíritu, nos impacientaremos con las debilidades que descubrimos en los demás y en nosotros mismos.

El trabajo con el sufrimiento

El camino del desarrollo interno, el camino que nos permite abarcar tanto nuestra psicología personal como nuestra naturaleza espiritual más profunda, necesita los tres principios mencionados ‒conectar, renunciar y despertar el corazón‒ que contrarrestan los correspondientes obstáculos del bypass espiritual, la absorción egocéntrica en uno mismo y la distracción adormecedora. El elemento esencial de tal camino podría ser una práctica como la meditación (que sirve para conectar con esos tres principios), complementada con un trabajo psicológico (que nos ayude a corregir las pautas y complejos emocionales inconscientes que impiden el logro de una vida más auténtica, asentada, abierta y despierta).


En mi trabajo como psicoterapeuta he descubierto que debo permanecer en contacto continuo con el cielo, la tierra y el corazón. Para comenzar, tengo que escuchar y respetar los problemas reales del cliente que pertenecen al reino de la forma y de la tierra porque, en caso contrario, pierdo el contacto con la mente, el corazón y el espacio abierto que los rodean, en cuyo caso el trabajo psicológico se convierte en algo demasiado serio y pierde su magia y su chispa creativa. Cuando, poco después de haber terminado la carrera, empecé a hacer terapia, tenía una visión demasiado estrecha de la naturaleza humana y me tomaba demasiado en serio el contenido de los problemas. Más tarde, la meditación me ha permitido desarrollar y abrir mi conciencia, y descubrir que ya no me identificaba con los problemas de mis clientes y no me hundía con ellos, y que mis respuestas provenían de un lugar mucho más profundo.


Uno de los principales frutos de la meditación ha sido el de ayudar a distinguir entre la experiencia inmediata y las interpretaciones mentales de esa experiencia, lo cual, a su vez, me ha permitido permanecer más abierto al sufrimiento de mi cliente y no tomarme tan a pecho la seriedad de sus problemas. Sentir la experiencia genuina y viva de alguien nunca resulta pesado. Lo único pesado son las fijaciones mentales, las “narraciones”, las creencias y los juicios sobre nuestra propia experiencia. En última instancia, mi atención no se centra tanto en el contenido de los problemas de las personas como en el ser que está luchando con ellos.


Y es que el principio celestial ‒que nos proporciona espacio y nos permite renunciar a la forma‒ desempeña una función muy importante en el trabajo psicológico, aunque no tanto, obviamente, como lo hace en el trabajo espiritual. De este modo, cabalgar a lomos del proceso experiencial ‒es decir, respetar el sentimiento de los demás manteniendo, al mismo tiempo, el contacto con al sensación subyacente de apertura que nos permite conectar con el otro en su inmediatez y desnudez‒ se convierte en una forma de meditación en acción.


La práctica de la meditación me ha permitido disfrutar del gozo de la terapia aunque estuviera trabajando con clientes que atravesasen un gran sufrimiento. Y es que el sufrimiento y la neurosis no dejan de poseer su propia belleza. En el núcleo mismo de todo conflicto psicológico siempre se oculta una gran inteligencia. No me resulta difícil descubrir y reconocer, en este sentido, que la coraza del carácter tras de la cual nos protegemos constituye un artificio tan inteligente como las púas del puercoespín o la coraza del armadillo.


Dado que el desarrollo y la transformación humana emergen de la interacción entre la tierra y el cielo, entre lo limitado y lo ilimitado, la práctica esencial, común tanto a la psicoterapia como a la meditación, consiste en cobrar conciencia de nuestras rígidas estructuras kármicas. Muy a menudo, esta conciencia se halla oscurecida, ya sea porque está soterrada bajo nuestros problemas y emociones, ya porque está alienada y disociada flotando sobre ellos. Resulta esencial, por tanto, aprender a cultivar la conciencia y llevarla a aquellos lugares en que estemos contraídos y atrapados. Sólo así podremos descubrir los venenos que confunden a la mente y transmutarlos.


En cierta ocasión tuve un sueño que refleja perfectamente la interacción entre el cielo y la tierra que se desarrolla en el núcleo mismo de la vida humana. Me hallaba en una enorme tienda, con un techo muy alto, que bullía de actividad. Y, aunque yo participaba de toda aquella actividad, era simultáneamente consciente de la cualidad mágica del espacio que me rodeaba y permitía toda aquella celebración.


Y es que nuestra naturaleza como seres humanos se despliega dentro de estructuras y marcos de referencia terrenales que se hallan impregnadas y rodeadas de un espacio inmenso. La estructura de la tienda de mi sueño era necesaria para proteger la vida interior. El trabajo psicológico y de arraigo se centra en la forma o la estructura y supone algo así como mantener la tienda en condiciones y reparar las goteras. Pero, como ocurría en la tienda del sueño, ninguna estructura es completamente sólida, sino que siempre está llena de vacío, la dimensión abierta del ser. Así pues, el trabajo psicológico nos ayuda a asumir forma, mientras que el trabajo espiritual subraya lo ilimitado, lo que está más allá de toda forma. El cultivo de esa apertura a la inmensidad del espacio que rodea todas nuestras estructuras es lo único que permite que la brisa fresca del cambio renueve el continuo de nuestra vida.