El proceso de soltar

Enviado el Vie, 06/19/2015 - 14:43

De “Touching Enlightenment: Finding Realization in the Body”
Por Reginald A. Ray
Traducción: R. B.


No se trata de una comprensión intelectual, sino de algo que nos es sugerido en un nivel mucho más primario, incluso físico. Al hacer trabajar al cuerpo, comenzamos a “sentir” cierto patrón en relación a cómo invertimos en nuestra tensión, cómo contribuimos con ella, la manera en que la mantenemos y reforzamos. Cuando el sentido de esto se hace cada vez más palpable, empezamos a descubrir que hemos adquirido la capacidad de tomar responsabilidad por la tensión, entrar en ella conscientemente, y soltarla.

 

 

Dentro de la propia tensión del cuerpo se encuentra una invitación para soltar. Esta invitación trae consigo información crítica: en la medida en que nos hacemos más y más conscientes de la tensión que nos incomoda, también comenzamos a sentir que en realidad somos nosotros mismos –la consciencia intencional y focalizada que constantemente tratamos de mantener– los primeros en ser responsables por esa tensión. Es nuestra propia manera de cubrirnos, por decirlo de algún modo, la que termina creando este fenómeno de entumecimiento.

No se trata de una comprensión intelectual, sino de algo que nos es sugerido en un nivel mucho más primario, incluso físico. Al hacer trabajar al cuerpo, comenzamos a “sentir” cierto patrón en relación a cómo invertimos en nuestra tensión, cómo contribuimos con ella, la manera en que la mantenemos y reforzamos. Cuando el sentido de esto se hace cada vez más palpable, empezamos a descubrir que hemos adquirido la capacidad de tomar responsabilidad por la tensión, entrar en ella conscientemente, y soltarla.

Al principio, es como si estuviéramos en el exterior, mirando cómo nos aferramos. Luego, al mirar más de cerca, podemos sentir una frontera entre nosotros y ese aferramiento. Entonces nos encontramos con que la frontera se disuelve y, cuando esto ocurre, nuestra consciencia comienza a disolverse en la tensión misma, por lo que nos encontramos, por así decirlo, dentro de ella, descubriendo que de hecho somos nosotros mismos quienes estamos aferrándonos. Hay, en este punto, un repentino y a menudo muy sutil miedo somático, casi un pánico que se asoma –un temblor, una sensación tambaleante e inestable. Estamos, por un momento, tanto aferrándonos como soltando. Oscilamos hacia adelante y hacia atrás. Por un lado, pareciera que no podemos soltar, pero, al mismo tiempo, sentimos que debemos dejar ir –abrirnos, relajarnos y entregarnos. Flotamos en este borde insoportable por algún tiempo, y luego –siempre y cuando no retrocedamos ni huyamos− nos encontramos de alguna manera moviéndonos a través de él y soltando

Este proceso de soltar se repite en virtualmente todos los ejercicios de trabajo corporal, cada vez que los hacemos, ya sea que seamos practicantes principiantes o que llevemos años en esto. A veces la identificación de la tensión y su liberación constituye el núcleo del protocolo somático que estamos realizando. Otras veces podemos focalizarnos en algo distinto, pero incluso entonces nos encontramos continuamente con lugares de aferramiento o tensión que están pidiendo ser liberados. En ciertos puntos, cuando es profundo lo que podríamos llamar el “silencio” de la parte baja de nuestro vientre, somos conscientes de que la liberación se sigue produciendo en alguna zona periférica, y somos capaces de incorporar eso al trabajo que estamos haciendo sin salirnos de nuestro centro. A menudo, la liberación ocurre en una región muy pequeña de nuestro cuerpo, pero hay ocasiones en las que localizamos una tensión, entramos en ella y la soltamos, sólo para encontrar un lado entero de nuestro cuerpo soltándose y abriéndose. El proceso de liberación pareciera seguir más y más allá, porque el viaje hacia la plena presencia en el cuerpo −y el desmantelamiento de la identidad sólida y patológica que le acompaña− no ofrece a la vista ningún punto final.

Nuestro aferramiento es tanto físico como psicológico. En última instancia, a lo que nos aferramos es a cierta especie de sensación fija de ser; esa es la dimensión psicológica. Esto se manifiesta en tensión física, pero a fin de cuentas es un proceso conducido por el temor y la inseguridad psicológica, por nuestro apego hacia la solidez y la seguridad personales, ese territorio personal que tratamos de mantener. Cuando dejamos ir, entonces no sólo hay un dejar ir físico sino también, junto a él, un dejar ir nuestro sentido fijo del ser. Esto representa un salto a lo desconocido.

El momento de la liberación es un salto en lo desconocido porque en ese instante no podemos llevar con nosotros la mente racional, aquella que objetiva nuestra experiencia y la conoce conceptualmente. Cuando saltamos, tan sólo nos encontramos con nosotros allí, desnudos y despojados de cualquier manera de conceptualizar nuestro cuerpo, o cualquier otra cosa en absoluto.

En ese momento, hay un cambio abrupto y completo en el modo en que experimentamos nuestro cuerpo. Antes de soltar, sentimos una intensa solidez, una inaguantable claustrofobia, relacionada con nuestro aferramiento y entumecimiento somáticos. En el momento de la liberación, sin embargo, es como si esta claustrofobia intolerablemente sofocante desapareciera por completo repentinamente.

De manera abrupta, nos experimentamos a nosotros mismos como nada más que un espacio vacío, sin nadie comentando ni incluso observando. Encontramos que nuestro cuerpo todavía está presente, ya que este no es un estado incorpóreo. De hecho, es en buena medida todo lo contrario: nos sentimos completamente dentro de y en armonía con nuestro cuerpo, y al mismo tiempo hay una sensación de estar vacíos de cualquier realidad sólida u objetivable. Así, sin ningún lugar donde instalarse, sin nada para aferrarse, nuestra mente cae en un estado de absoluto silencio. Podemos sentir alivio o libertad, quizás estallar en risa o en un llanto incontrolable, al notar que en ese momento ya no hay ningún sentido del “yo” en absoluto.

Esta experiencia de “lo desconocido”, como podríamos llamarlo, ocurre en un instante. Muy pronto volvemos atrás, nos reconfiguramos, y nos dedicamos al proceso de aferrarnos y entumecernos, de pensar y objetivar nuestro cuerpo de nuevo. Pero una experiencia así deja su impronta: nos queda el anhelo de ella, el anhelo de regresar a ese espacio “en ninguna parte” de nuestro cuerpo que, curiosamente, es lo que hemos estado buscando toda nuestra vida.