El Materialismo Espiritual

Enviado el Mar, 12/10/2013 - 21:17

En De Más allá del materialismo espiritual
Por Chögyam Trungpa Rinpoche

 



Nos hemos reunido aquí a fin de aprender algo sobre las vías espirituales. Creo que esta búsqueda es sincera, pero a la vez me cuestiono la legitimidad de la búsqueda como tal. El problema es que el ego puede apropiarse ilícitamente de todo para sus propios fines. Incluso [puede explotar] la espiritualidad. El ego trata constantemente de adquirir y aplicar las enseñanzas de la espiritualidad para su propio beneficio. Las enseñanzas se toman entonces como algo externo, externo a «mí», como una filosofía que tratamos de imitar.


En realidad no queremos identificarnos o convertirnos en las enseñanzas. De manera que si nuestro maestro habla de renunciar al yo, tratamos únicamente de remedar la renunciación del ego. Obramos de acuerdo con todas las reglas, hacemos los gestos apropiados, pero en realidad no estamos dispuestos a sacrificar nada de nuestras vidas. Nos convertimos en actores hábiles; mientras nos negamos a entender el sentido verdadero de las enseñanzas, nos consolamos con la pretensión de que estamos siguiendo el sendero.


Tan pronto comenzamos a sentir alguna discrepancia o conflicto entre nuestras acciones y las enseñanzas, de inmediato interpretamos la situación de manera que la racionalización allane el conflicto. El intérprete es el ego en su papel de consejero espiritual. La situación es similar a la de un país en el que no existe una separación entre iglesia y estado. Si la política de ese país toma una dirección contraria a las enseñanzas de la iglesia, entonces la reacción natural del monarca es la de acudir a la cabeza de la iglesia, su consejero espiritual, y pedir su bendición. La cabeza de la iglesia ingenia entonces alguna justificación para la política del monarca y la bendice so pretexto de que el rey es el protector de la fe. En la mente del individuo sucede algo muy similar, que es igualmente efectivo, si no más, pues es el ego es a la vez monarca y cabeza de la iglesia.


Tenemos que trascender este tipo de racionalización sobre el sendero espiritual y nuestras acciones si queremos alcanzar la verdadera espiritualidad. Sin embargo, no es fácil bregar con este tipo de racionalización, porque todo lo percibimos a través de la lente de la filosofía y la lógica de nuestro ego, las cuales hacen que todo nos parezca ordenado, preciso y lógico. Intentamos hallar una respuesta razonada y justificada para todos nuestros conflictos y problemas. Para sentirnos más seguros nos esforzamos en acomodar dentro de nuestro esquema intelectual todo aspecto de nuestras vidas que pueda causarnos confusión, y nuestro esfuerzo es tan serio y solemne, tan honrado y sincero que nos resulta casi imposible llegar a sospechar de él. Siempre creemos en la «integridad» de nuestro consejero espiritual.


En realidad no importa qué utilicemos para esta autojustificación: la sabiduría de los textos sagrados, los cuadros esquemáticos, los diagramas, los cálculos matemáticos, las fórmulas esotéricas, la religión fundamentalista, la psicología profunda, o cualquier otro mecanismo. Siempre que comenzamos a evaluar a fin de decidir si queremos o no hacer esto o lo otro, ya hemos asociado nuestra práctica o nuestro conocimiento a ciertas categorías que se contraponen unas a las otras. Esto es el materialismo espiritual, la espiritualidad falsa de nuestro consejero espiritual. Siempre que tenemos conceptos dualistas tales como: «Hago esto porque quiero alcanzar un estado de conciencia especial, un estado de ser particular», nos separamos automáticamente de la realidad de lo que somos.


Si nos preguntamos qué hay de malo en evaluar, en tomar partido, la respuesta es que cuando formulamos juicios tales como «debería evitar hacer esto», hemos alcanzado un nivel de complicación que nos aleja de la simplicidad básica que somos. La simplicidad de la meditación significa precisamente experimentar la naturaleza más simple de nuestro ego, podríamos decir, la naturaleza o instinto simio de nuestro ego. Si añadimos cualquier otra cosa a nuestra psicología, nos convertimos en máscaras gruesas y pesadas, en una mera coraza.


Es importante comprender que el propósito principal de cualquier práctica espiritual es escapar de la burocracia del ego; esto significa salir del deseo constante que tiene el ego de alcanzar versiones más elevadas de conocimiento, religiosidad, virtud, buen juicio, comodidad, o cualquier otro objetivo que se haya fijado el ego como meta de su búsqueda. Hay que salir, pues, del materialismo espiritual. Si no nos colocamos fuera de él, si nos dedicamos a practicarlo, entonces a la larga nos veremos esclavizados por una colección inmensa de vías espirituales. Creeremos que esta colección espiritual es valiosísima. Nos deleitaremos entonces con todo lo que hayamos estudiado. Puede que hayamos estudiado la filosofía occidental o la filosofía oriental, que hayamos practicado el yoga, o que quizás hayamos estudiado bajo decenas de grandes maestros espirituales. Habremos alcanzado o aprendido mucho y creeremos entonces que hemos acumulado un gran tesoro de sabiduría. Sin embargo, después de pasar por todo esto todavía quedará algo a lo que habrá que renunciar. Éste es el gran misterio. ¿Cómo puede suceder esto? Parece imposible. Pero desgraciadamente así es. Nuestra vasta colección de sabiduría y experiencia es parte del espectáculo del ego, parte de la cualidad ostentativa del ego. Se lo exhibimos al mundo, y al hacer esto nos aseguramos a nosotros mismos de que existimos. Seguros y protegidos en nuestro papel de personas espirituales.


Pero hemos creado solamente un almacén de antigüedades. Puede ser que nos especialicemos en antigüedades orientales, en antigüedades del medioevo cristiano o en antigüedades de alguna otra civilización o época, pero en todo caso seremos meros comerciantes. Antes de abastecer nuestra tienda con tantos tesoros el lugar era precioso, las paredes encaladas, un piso sencillo y sólo una lámpara encendida en el techo; en el centro de la habitación había solamente una obra de arte y era bellísima. Todos los que venían a la tienda admiraban su belleza, incluso nosotros mismos.


Pero no estábamos satisfechos y pensábamos que porque aquel objeto embellecía la tienda de tal manera, si pudiéramos adquirir aún más antigüedades la habitación sería aún más bella. Así comenzamos a coleccionar y el resultado fue el caos.


Buscamos objetos preciosos por todo el mundo. Fuimos a la India, al Japón y a muchos otros países, y cada vez que encontrábamos una antigüedad nos parecía preciosísima y pensábamos que se vería muy bella en nuestra tienda porque nos ocupábamos de un solo objeto a la vez; pero cuando la traíamos a nuestra tienda y la colocábamos ahí se convertía meramente en un objeto más en nuestra colección de baratijas. La belleza del objeto ya no irradiaba como antes; estaba rodeado de tantos objetos bellos que ya no significaba lo mismo para nosotros. En vez de un salón lleno de antigüedades bellas habíamos creado una tienda de baratijas.


La adquisición correcta no significa coleccionar una gran cantidad de información o de belleza, sino que supone la apreciación plena de cada objeto espiritual. Esto es sumamente importante. Si apreciamos cabalmente un objeto hermoso entonces nos identificamos completamente con él, nos olvidamos de nosotros mismos. Es como ver una película interesante o fascinante y olvidarnos de que somos meros espectadores.


En tales momentos no existe el mundo, todo nuestro ser es la escena que estamos mirando. Es este tipo de identificación [el que buscamos], el compromiso total con una sola cosa. [Debemos preguntarnos, pues:] «¿Hemos probado realmente, hemos masticado, tragado y digerido plenamente el objeto de belleza que contemplamos, es decir, la enseñanza espiritual? ¿O, por el contrario, lo hemos adquirido meramente como parte de una vasta colección que nunca termina de crecer?»


Pongo tanto énfasis en este punto porque sé que todos nosotros nos hemos acercado a las enseñanzas y a la práctica de la meditación no por el dinero, sino por interés genuino de aprender, un deseo de crecimiento espiritual. Pero si consideramos el conocimiento espiritual como una antigüedad, como una curiosidad, como una sabiduría arcana que debemos coleccionar, entonces hemos tomado el sendero equivocado.


En cuanto al linaje de los maestros espirituales se refiere, el conocimiento espiritual no se pasa de mano en mano como se pasa una antigüedad, sino que un maestro experimenta la verdad de las enseñanzas y se la comunica como una inspiración a su discípulo. Esta inspiración despierta al discípulo, como el maestro había despertado anteriormente. Entonces el discípulo le entrega las enseñanzas de la misma manera a su propio discípulo, y así continúa el proceso. La enseñanza siempre es una enseñanza contemporánea. No hay tal cosa como una sabiduría antigua, una antigua leyenda. La enseñanza no se transmite como la información que pasa de boca en boca, como el abuelo transmite a sus nietos los cuentos folklóricos tradicionales. No es así; es una experiencia vivida.


Hay un dicho en las escrituras tibetanas que dice: «El conocimiento tiene que ser acrisolado, amartillado, moldeado como el oro puro; entonces se lo puede llevar como un adorno». Así, pues, cuando reciban ustedes las enseñanzas espirituales de otras personas, no las acepten sin un examen previo. Primero las deben acrisolar, amartillar, moldear, hasta que el oro brillante y majestuoso aparezca. Entonces pueden crear un adorno con la forma que se les antoje y llevarlo al cuello. Por eso es que el Dharma es pertinente y aplicable en cualquier tiempo, para cualquier persona. Tiene una cualidad vivencial. No basta con imitar al maestro o al gurú, pues no se trata de convertirnos en una mera réplica del gurú. Las enseñanzas son una experiencia individual personal aun para el que las enseña hoy en día.


Quizás haya muchos entre mis lectores que estén familiarizados con las leyendas de Naropa, Tilopa, Marpa, Milarepa, Gampopa y los otros maestros del linaje Kagyüpa. Para todos estos maestros la enseñanza fue una experiencia vivida. Es una experiencia vivida aun para los maestros que consideramos hoy los herederos titulares de este linaje. Cambian solamente las circunstancias particulares de la situación vital de cada uno. La enseñanza tiene la misma cualidad del pan fresco recién sacado del horno. Cada panadero aplica a su harina, a su masa y a su horno propio los principios generales de la receta para hacer pan, y luego tiene que probar él mismo la frescura del pan. Lo tiene que partir él mismo cuando aún está fresco y probarlo cuando aún está caliente. De la misma manera cada maestro tiene que aceptar la enseñanza, convertirla en su propia enseñanza y practicarla. Es un proceso viviente. No hay el engaño del colector de conocimientos. Tenemos que trabajar con nuestra propia experiencia individual. Si nos confundimos no podemos acudir a nuestra colección de conocimientos para tratar de encontrar alguna confirmación o consuelo que nos diga: «El maestro y toda la enseñanza están de mi parte». El sendero espiritual no va en esa dirección. Es un sendero solitario e individual.