El espacio sagrado del mandala

De “Contra el yo. Una perspectiva budista”
Por Mark Epstein


Según se dice, el mandala constituye un espacio sagrado que se halla a salvo de las emociones conflictivas pero ¿cómo abrir, en nuestras vidas, un espacio de ese tipo? Aunque la práctica inicial de la meditación suela centrarse en llegar a controlar el ruido interno y aquietar la mente, el acceso al interior del mandala nos abre otras posibilidades ya que, con la suficiente práctica meditativa, es posible aprender a dejar que los obstáculos surjan y desaparezcan y convertirlos en algo útil.

 

Cierta máxima budista afirma que, antes de iniciar la práctica, «las montañas son montañas y los ríos son ríos» y que, cuando nos adentramos en la meditación, las montañas dejan de ser montañas y los ríos dejan de ser tales. En ese momento, perdemos todos nuestros puntos de referencia, dejamos de estar seguros de quiénes somos y las montañas se nos antojan ríos y los ríos montañas. Pero, cuando alcanzamos un nivel más elevado de comprensión, las montañas vuelven a ser montañas y los ríos vuelven a ser ríos. Ésta es –por más sencilla que pueda parecer a simple vista− la esencia de la gran aventura de la meditación.

Cuando emprendemos la práctica lo hacemos con la sensación de que cada cosa está separada del resto, de que tú eres tú y yo soy yo, de que las montañas se elevan hacia el cielo y los ríos fluyen hacia el mar. Es así como, al comienzo de la meditación, sentimos que debemos alejarnos del mundo, porque los pensamientos y los sentimientos parecen distracciones que hay que eliminar.

Con la práctica, sin embargo, las fronteras empiezan a desvanecerse y el ego comienza a evidenciar su falta de consistencia. Entonces dejamos de estar seguros de cuáles son nuestros límites y las montañas no sólo se confunden con los ríos sino que acaban fundiéndose con ellos hasta terminar descubriendo que no vivimos aislados del resto del mundo y que todo está interrelacionado.

Con el progreso de la práctica, no obstante, todo retorna a su estado original en la comprensión de que todas las cosas están relacionadas entre sí. Entonces es cuando comprendemos la relación existente entre las montañas y los ríos. Tú sigues siendo tú y yo todavía soy yo, pero ahora podemos relacionarnos a un nivel mucho más profundo, una nueva modalidad de ser desconocida hasta ese momento. Entonces ya no nos vemos obligados a considerar que los pensamientos y las sensaciones son nuestros enemigos, sino que podemos recurrir a todas las facetas de nuestro yo para acabar erigiendo un espacio sagrado, y tampoco nos vemos obligados a liberarnos de las cosas que nos decepcionan, sino que podemos utilizarlas para desarrollar nuestra capacidad de adaptación y tolerancia. Entonces es cuando nuestra individualidad deja de oscurecer la conciencia de las relaciones que nos unen a los demás y nuestra vida cotidiana acaba convirtiéndose en un mandala, la representación circular budista del espacio sagrado.

Este proceso que, partiendo de las montañas y los ríos, acaba nuevamente en las montañas y los ríos, constituye una excelente metáfora para ayudarnos a comprender el papel que puede desempeñar en nuestra vida la práctica de la meditación. En un principio, pareciera que, para encontrarnos a nosotros mismos, debiéramos estar –al igual que hiciera el Buda− dispuestos a renunciar a todo. Pero, una vez que comenzamos a percatarnos de que el problema no radica tanto en el placer o el dolor, como en nuestro apego al uno y en nuestro rechazo del otro, comenzamos a comprender el modo más adecuado de practicar en plena vida cotidiana. Porque, en el mismo momento en que nos damos cuenta de la imposibilidad de renunciar a cualquier aspecto del mundo interdependiente en que vivimos, la renuncia deja der ser un imponderable.

Es, pues, esta comprensión la que nos permite pasar de una visión que considera a la meditación como algo exclusivamente interno a otra en que se halla plenamente inmersa en la vida cotidiana. Entonces es cuando las mismas pasiones que tan amenazadoras resultaron antaño para la estabilidad de la meditación se convierten en oportunidades preciosas para profundizar en nuestro autoconocimiento. Así pues, la aplicación a la vida cotidiana de las lecciones aprendidas durante la meditación constituye una de las realizaciones más elevadas a que podemos aspirar, una realización que constituye la quintaesencia misma del mandala, el símbolo más hermoso e imperecedero del budismo.

Un mandala es un círculo sagrado –el modelo o la representación de la iluminación o de la mente despierta− cuyo centro suele estar ocupado por la figura de un buda en posición sedente o, en ocasiones, por una pareja entregada a un apasionado abrazo. El mandala es uno de los símbolos más conocidos del budismo y suele ser utilizado como objeto de meditación y como síntesis simbólicas de determinadas enseñanzas. Como ha señalado el erudito budista Robert A.F. Thurman, el mandala constituye una representación visual de la liberación y el gozo que experimenta «el individuo que se haya plenamente integrado con su entorno y en sus relaciones». El mandala constituye, así, una descripción del modo en que podemos reestructurar nuestro entorno cuando aprendemos a ver nuestra vida cotidiana a través del prisma del gozo de la realización. Es, en suma, la demostración tangible de que la plenitud anhelada se halla ya en el mundo cotidiano de los ríos y las montañas y de que cada uno de nosotros es ya el mandala de su propia liberación.

Como decíamos, uno de los aspectos más interesantes del mandala es que, en ocasiones, el lugar central se halla ocupado por una pareja que está sexualmente unida, un símbolo que reviste multitud de significados. A cierto nivel, la cópula de la pareja constituye une representación de la unión entre forma y vacuidad que subyace a toda realidad; en otro nivel, representa la fusión entre la sabiduría y la compasión que tiene lugar en la mente iluminada; desde otra perspectiva, evoca simplemente el gozo ordinario del orgasmo al que el budismo tibetano ensalza como una ventana abierta a nuestra mente primordial –o fundamental− del ser puro. Y, puesto que el orgasmo nos brinda una oportunidad para dejar de lado el lastre del pensamiento conceptual, el budismo tibetano ha diseñado ciertas prácticas meditativas avanzadas que recurren adrede al placer sexual como un medio para abrir nuestra mente.

Como sugiere la imaginería del mandala, existen importantes paralelismos entre la meditación y el mundo de relaciones personales. Los retiros meditativos me han enseñado que el progreso de la meditación depende de la capacidad de tolerar los desengaños, una capacidad cuya importancia, como también he podido constatar, favorece el buen curso de nuestras relaciones. Así, aunque nuestros amantes terminen defraudándonos como lo hicieran nuestros padres, la mente –según Winnicott− es capaz de desarrollar la tolerancia.

La meditación, pues, al igual que el mundo de las relaciones, puede permitirnos acceder a una armonía y una unión muy profunda. Al emprender la práctica meditativa existe la tendencia a tratar de detener todos los pensamientos y emociones conflictivas, algo que también ocurre cuando nos enamoramos e intentamos mantenernos en continua armonía con la persona amada. Pero la pretensión de detener los pensamientos resulta tan absurda como tratar de disfrutar una relación ajena a todo conflicto. En este sentido, la frustración que pueden llegar a sentir los amantes es comparable a la que experimentan ciertos meditadores en el trabajo con su propia mente porque, en ambos cosas, los pensamientos y sentimientos más problemáticos son aquellos que combinan el deseo y la agresividad.

Según se dice, el mandala constituye un espacio sagrado que se halla a salvo de las emociones conflictivas pero ¿cómo abrir, en nuestras vidas, un espacio de ese tipo? Aunque la práctica inicial de la meditación suela centrarse en llegar a controlar el ruido interno y aquietar la mente, el acceso al interior del mandala nos abre otras posibilidades ya que, con la suficiente práctica meditativa, es posible aprender a dejar que los obstáculos surjan y desaparezcan y convertirlos en algo útil. Ésa es, precisamente, la clave del mandala.

Cuando, en lugar de luchar para desembarazarnos de emociones como el odio, por ejemplo, permitimos que aparezcan y se desvanezcan por sí solas, nuestra práctica se profundiza y aumenta también nuestra capacidad para la relación y el compromiso apasionado. Si, por el contrario, no estamos dispuestos a crear un entorno en el que nuestros sentimientos más ingobernables puedan manifestarse libremente, seremos nosotros los que acabemos viéndonos esclavizados por ellos. De un modo u otro, la capacidad de no dejarse arrastrar por las emociones más poderosas está relacionada con la capacidad de soportar la soledad. Una de las cosas que he aprendido de mis pacientes es que las personas que más temen estar solas son también las que ofrecen más resistencia a la presión que supone una relación íntima porque, al igual que algunos practicantes de meditación parecen creer que la eliminación de las emociones conflictivas constituye la cumbre de la comprensión espiritual, también hay quienes parecen considerar que la eliminación de las diferencias constituye un objetivo deseable de la relación. Pero esa actitud, en el fondo, no es más que la receta más segura para el desastre.