Como cualquier otro día

Enviado el Jue, 10/09/2014 - 21:51

De “Bringing Yoga to Life”
Por Donna Farhi
Traducción: R. B.


Practicamos tanto dentro como fuera del mat para iluminar nuestra vida. Nada ha cambiado. Todavía están ahí las dificultades, los desafíos, los momentos de duda, los atardeceres vividos en soledad… Todavía los ascensos y las caídas. La práctica no elimina dichos extremos, no puede hacerlo. Lo que sí puede hacer es darnos un acceso directo a un refugio de paz interna que está siempre presente, que se encuentra dentro de nosotros y a pesar de todas las polaridades.

 


¿La práctica de yoga hace que la vida sea más fácil? Todo lo que nos resulta molesto o engorroso definitivamente no va a desaparecer. Sin embargo, nuestro a veces implacable deseo de certezas se estremece de cara a algo mejor: vivir en el sobrecogimiento, el asombro y el deleite. La vida no se vuelve más fácil; nosotros llegamos a sentirnos más cómodos con la vida tal como es, sin las conclusiones, las seguridades infalibles ni la promesa de un final feliz y eterno. Que nuestra práctica no pueda asegurarnos esas garantías es un fracaso necesario, ya que el alma no florece en tales condiciones. Es precisamente esta apertura de cuerpo, mente y corazón la que pone a nuestra disposición la mayor vida posible. Empezamos a sentirnos menos atascados con nuestro pasado e invertimos menos en nuestras fantasías. En cambio, comenzamos a vivir con un sentido de inmediatez y lucidez que hace que todo lo que nos encontramos –sea bueno, malo o indiferente− se ilumine a través de la conciencia.

 

Practicamos tanto dentro como fuera del mat para iluminar nuestra vida. Nada ha cambiado. Todavía están ahí las dificultades, los desafíos, los momentos de duda, los atardeceres vividos en soledad. Todavía el mundo con sus realidades duras, con su cruel fortuna y sus demandas inequívocas. Todavía los malentendidos, los compromisos necesarios, los logros y los triunfos. Todavía los ascensos y las caídas. La práctica no elimina dichos extremos, no puede hacerlo. Lo que sí puede hacer es darnos un acceso directo a un refugio de paz interna que está siempre presente, que se encuentra dentro de nosotros y a pesar de todas las polaridades. Si la práctica nos ha ligado a la vida, dejamos de sentirnos tan amenazados por todos esos altibajos. Aprendemos a enhebrar lo que es molesto junto a lo que es agradable. Atamos lo que es doloroso al lado de lo que es placentero. Amarramos nuestras debilidades y nuestras fortalezas, unas junto a las otras. Enlazamos la aparentemente incongruente naturaleza de la vida cotidiana, llena de irregularidades incómodas e ironía, con nuestras aspiraciones de claridad, calma y orden. Enlazándolo todo, podemos disfrutar de esta cosa peculiar y desconcertante que llamamos vida. Se convierte en nuestra tarea, entonces, amar aquello que no podemos entender, dejando que la mente decaiga y que la sabiduría del corazón tome su relevo.

 

¿La práctica de yoga cambia aquello que somos? Permanecemos exactamente iguales, salvo por una extraordinaria diferencia. Nos vemos a nosotros y al mundo de manera distinta, porque nos vemos a nosotros mismos como el mundo, y al hacer esto sentimos que tenemos menos necesidad de atrincherarnos ante los ojos del resto. Al desmantelar estas trincheras de separación, desarrollamos intrepidez en relación a esa grandeza que nos permite dar un paso adelante allí donde antes estábamos varados. Vemos las mismas cosas, pero ahora nos damos en realidad cuenta de lo que vemos. Oímos las mismas cosas, pero ahora notamos qué es lo que oímos. Sentimos, probamos y tocamos las mismas cosas, pero a través de un registro intensificado.

 

Este Yoga, esta manera iluminada de vivir, nos conduce a una claridad que no existe en sí misma ni por sí misma. Poco a poco nos ocurre que ganar claridad se vuelve imperativo no sólo para nuestro propio bienestar, sino también para el presente y el futuro del mundo en que habitamos. Quizá empezamos a practicar yoga por razones justificadamente egoístas, y no hay nada malo en tales motivaciones si pusieron nuestros pies con firmeza en el camino. Si no avanzamos más allá de esas motivaciones iniciales, sin embargo, las introvertidas prácticas del yoga tenderán a cultivar un creciente narcisismo espiritual que puede convertirse en un obstáculo para la madurez del espíritu.

 

Llegar al ideal budista del bodhisattva, aquel practicante espiritual que se involucra en la práctica y en el logro de una mayor claridad por el bien de los demás, es muy raramente un compromiso que hagamos después de nuestra primera clase de yoga. Podemos llegar a esta toma de conciencia cuando sentimos que tenemos un centro interior firmemente establecido y una constante, cuando no completamente consumada, comprensión de nuestros asuntos mundanos. Una vez que hemos establecido esta base sólida, puede aparecer cierto malestar o complacencia, y es en ese momento cuando podemos comenzar a buscar una razón para practicar más imperiosa que alcanzar la marca de treinta minutos en un paro de cabeza… La expansión de uno mismo como ser humano está siempre íntimamente ligada a nuestras relaciones con el mundo.

 

Servimos a otros viviendo completamente nuestro dharma. La palabra dharma tiene muchos significados. Puede significar deber, pero también puede referirse a cierto propósito del alma que sólo nosotros podemos lograr. En el “Bhagavad Gita”, Krishna le advierte a Arjuna que «más vale hacerse cargo de los deberes propios de manera imperfecta que dominar los deberes de los otros. Mediante el cumplimiento de las obligaciones con las que ha nacido, una persona nunca caerá en aflicción». Podemos sentir que lo que hacemos es insignificante o poco importante. Tal vez minusvaloramos nuestro rol en la crianza de nuestros hijos, o despotricamos contra la necesidad de las tareas administrativas rutinarias, incluso si ellas tienen un propósito digno. Adelantándose a esta réplica, Krishna declara:

 

               «Nadie debe abandonar sus deberes
               porque ve defectos en ellos.
               Cada acción, cada actividad, está rodeada
               de defectos como el fuego está rodeado por el humo.»

 

También podemos sentir que nuestro dharma es una ruta difícil de seguir, especialmente cuando el camino nos lleva a un territorio desconocido y cuando va en contra de nuestro adoctrinamiento cultural. La empinada pendiente de este camino es una marca de autenticidad, y si podemos encontrar aquí el ángulo de reposo lo podremos encontrar en cualquier lugar. Encontrar el ángulo de reposo aquí verdaderamente significa algo, porque el equilibrio se ha alcanzado en términos reales, en el mundo real y no simplemente en la comodidad que hallamos al reposar sobre nuestro cojín de meditación.

 

¿Cómo sabemos si un camino o acción es nuestro dharma? Nuestro dharma es casi siempre la opción que elegimos al final, pues es la que resulta más desafiante. No es el sendero de un jardín de rosas con bancas colocadas estratégicamente para nuestra conveniencia. Más bien, se trata de un camino que parece un campamento de pruebas diseñado por alguien con un brutal sentido del humor. Cuando nos encontramos con nuestro dharma puede sentirse como si se estuviera mirando fijamente una muralla de roca escarpada y nadie se hubiera molestado en poner agarraderas para nosotros. Cuando Arjuna tiembla antes de la batalla que le espera, no es sólo por temor; es por un conocimiento implícito de que esta batalla es su única alternativa si quiere vivir su dharma… Descubrimos que vivir nuestro dharma es la postura más creativa que podemos tomar cuando nos sentimos desesperanzados o llenos de desesperación, ya que nos ayuda a buscar oportunidades para invertir nuestra fuerza en un buen uso.

 

Esta visión más amplia de lo que podemos ser y qué significa esto para el mundo ennoblece nuestra práctica. Cuando tenemos un profundo sentido de que nuestra práctica de vida es importante para el mundo, esta conciencia actúa como un impulso constante y provee una energía que puede que no seamos capaces de evocar sólo para nosotros. Cuando nuestro propio dharma personal afecta e involucra a los otros, esta responsabilidad nos puede incitar a dar nuestro mejor esfuerzo cuando nos sentimos inclinados a asumir un mero papel secundario. El ímpetu de esta intención puede aligerar incluso la tarea más pesada y actuar para abrir un camino a través de los obstáculos que no pueden ser removidos de ninguna otra manera. Una visión ennoblecedora se apodera de aquello que puede parecer insignificante y trivial en el contexto de un mat de yoga y de una sola persona, y otorga un sentido último mucho más amplio a la práctica. Esta visión abarcadora nos ayuda a remover el más grande e intransigente de los obstáculos del camino yóguico: la creencia de que estamos solos al margen del círculo en que toda la humanidad está reunida.


(…) Creer que involucrarnos en una práctica espiritual podría cambiar el mundo puede parecer grandioso e incluso mesiánico. Formamos nuestras creencias y percepciones del mundo a través del contacto más inmediato con otros: el empleado del banco que nos saluda alegremente, el conductor que nos abre una puerta, el amigo que escucha nuestra historia. Todos nosotros podemos ser una de estas personas. Todos los días tenemos opciones acerca de en quiénes nos estamos convirtiendo. Cada interacción contiene la posibilidad de renovar o destruir nuestra confianza en la bondad básica de la naturaleza humana. Mantener una práctica de vida que nos vincule a nuestros valores fundamentales puede no parecer un logro tan noble, pero en un mundo rastrillado por la violencia, la división y la inequidad, nuestra práctica de vida, por pequeña que sea, por insignificante que aparente ser, nos brinda la posibilidad de vernos a nosotros mismos y a los otros de una manera completamente nueva. ¡Un día nos despertamos y nos damos cuenta de que este terrible y maravilloso mundo en el que vivimos somos nosotros!

 

Así que aquí estamos al final, tal como estábamos al principio. La misma persona −sólo que ahora despierta a una vida que vive a través de nosotros cada día.