Cielo e Infierno

Enviado el Vie, 10/24/2014 - 11:40

De “¿Quién muere? Una exploración en el vivir y morir conscientes”
Por Stephen Levine


En la mayoría de los momentos de nuestra vida nos aferramos, por lo cual convertimos un cielo temporario en un infierno cada vez peor. Tememos perder nuestro breve paraíso y quedamos acurrucados en un rincón, negando lo inevitable. Al pretender asir el cielo creamos un infierno de vida. Constantemente adoptamos viejos patrones, pensando que de alguna manera van a dar frutos como jamás dieron… Cuando retrocedemos hasta un rincón para evitar lo desagradable, cuando tratamos de alejarnos más del fuego de las propias ansias insatisfechas, es cuando fijamos nuestra residencia en el infierno.

 

 

La mayoría de las personas viven su vida alternando constantemente entre el cielo y el infierno. Cuando consiguen lo que quieren, están en el cielo. Cuando lo pierden, o si nunca lo obtienen, caen en el infierno. El infierno es resistirse duramente a lo que es. El cielo es ser abierto en el amor. El infierno es la resistencia, y el cielo, la aceptación.

 

El cielo es el corazón abierto; el infierno, las entrañas cerradas. Por lo general, nos encontramos en una zona intermedia entre el corazón y el estómago. El estómago convierte todo en sí mismo; el mundo entero se considera comida, algo que existe por sí solo: egoísmo de las entrañas. El corazón es el sitio donde los opuestos coinciden y las preferencias se disuelven en el Uno, como el crisol dentro del cual se arrojan las alhajas para recuperar el oro puro.

 

Cuenta la leyenda que un gran samurái fue a visitar a Hakuin, un maestro zen. El samurái se le acerca, hace una reverencia y dice: “Señor, querría comprender la diferencia entre el cielo y el infierno”. El maestro zen lo mira de arriba abajo y le responde: “Yo te la diría, pero dudo que tengas la sutileza para comprenderla”. El samurái reacciona sorprendido. “¿Sabe usted con quién está hablando?”, se fastidia. “No, pero sinceramente pienso que eres demasiado torpe para entender”. “¿Qué? ¿Cómo puede hablarme así?”. “No seas tonto –responde el maestro zen− ¿Quién te crees que eres? Además, ¿llamas espada a eso que llevas colgando de la cintura? Se parece más a un cuchillo para untar manteca”. El samurái se indigna, desenfunda la espada y la levanta sobre su cabeza para atacar. “Ah –exclama el maestro−; eso es el infierno”. En los ojos del samurái se advierte que ha comprendido. Entonces inclina la cabeza y vuelve a enfundar la espada. “Y eso –agrega el maestro− es el cielo”.

 

La ira y el temor pueden hacer un infierno de nuestra vida o bien revelarnos otra oportunidad de entrar en el cielo. Pueden ser otro momento de resistirnos, de perdernos dentro de la mente, o quizá nos recuerden que es preciso soltarnos suavemente y entrar en la gran amplitud del corazón, en la esencia de la propia aceptación.

 

(…) La diferencia entre el cielo y el infierno es la fluctuación de la mente, ya sea que se considere afortunada o desdichada. Cada percepción la medimos comparándola con lo que deseamos. Un ejemplo es la historia del acaudalado agente de seguros que vive con su familia en una mansión de un barrio elegante. Sus dos hijos están en el cuadro de honor del colegio, y el hombre se considera muy afortunado. Lamentablemente la empresa para la que trabaja quiebra, por lo cual él pierde el empleo, tiene que vender su casa y se considera sumamente desafortunado.

 

Sin embargo, cuando se desprende de la casa, piensa: "Ahora bien podría hacer lo que siempre quise”. Entonces, con el dinero que obtiene por la venta, compra en el campo una pequeña granja que le brinda una gran paz de espíritu. Y una vez más se considera afortunado.

 

Semanas más tarde, mientras su hijo araba la tierra, cae del tractor y sufre una herida de gravedad, por lo que el padre vuelve a sentirse desgraciado. No obstante, gracias a que tienen cerca un hospital y a la rápida acción de los médicos, el muchacho se salva, y él se cree afortunado una vez más.

 

Pero sucede que la herida que el hijo tenía se complica, y hay que amputarle la pierna. Ahora el padre está seguro de que la vida es una desgracia.

 

Luego de la operación, el chico regresa al colegio con muletas. Ya no puede seguir integrando el equipo de básquet ni practicar deporte alguno, lo que para el padre es la mayor de las desdichas.

 

Sin embargo, el hijo va adquiriendo una sensibilidad distinta pues cambia su relación con el mundo al tener una sola pierna. Comienza a visitar el hospital donde lo operaron, a conversar con personas que sufrieron operaciones similares, y le comenta al padre que por fin ha encontrado el trabajo de su vida. Una vez más el hombre piensa que todo ha sido afortunado. La historia puede seguir eternamente Y por lo general, sigue.

 

La vida no es en sí misma un cielo ni un infierno. Esos son dos estados de la mente, su actitud de abrirse o de cerrase a los acontecimientos.

 

Así como, por naturaleza, la mano es blanda, abierta y maleable, capaz de soportar cualquier cosa que pongamos dentro de ella, la mente natural es una espaciosa percepción que no se aferra a nada. Pero la mente que se ha condicionado debido a millones de momentos de aferrarse que nos parecieron necesarios para mantener cierta falsa seguridad en el mundo, ha perdido gran parte de su apertura original…

 

Preferimos el espacio entumecido de nuestro yo aislado, y no la libertad que hay del lado de afuera de la jaula. Optamos por el infierno conocido para no soltarnos en la inmensidad de lo desconocido.

 

Cuentan de un hombre que murió; al abandonar su cuerpo se encontró en un reino de luz resplandeciente, y se dijo: “Debo haber sido más bueno de lo que suponía”. Se le acerca un ser luminoso que lo hace pasar por una puerta hasta una sala donde ve una mesa enorme, y en ella, manjares inimaginados. Lo sientan a la mesa con mucho otros y le sirven una variedad de comidas exquisitas. Cuando va a tomar el tenedor, alguien se le acerca por detrás y le ata una tablilla en los brazos para que no pueda doblar los codos. Así, cuando intenta tomar la comida, ve que no puede llevársela a la boca con los brazos rígidos. Mira a su alrededor y nota que lo mismo les sucede a los demás. Todos protestan por la situación con gemidos y lamentos. El hombre se acerca a quien lo hizo entrar, y le dice: “Me imagino que aquí es el infierno. ¿Dónde queda el paraíso?”. El ser luminoso lo hace cruzar otra vez la puerta y lo acompaña hasta un salón donde hay otra larga mesa llena de manjares. “Ah, esto me gusta más”, piensa el hombre. Se sienta, y cuando está por comer, nuevamente le entablillan los brazos para que no pueda flexionar los codos. Lamenta que la situación sea la misma que la del infierno; mira entonces en derredor y advierte que en esa mesa ocurre algo distinto. En vez de procurar llevarse la comida a la boca pese a la rigidez de sus brazos, cada persona se esfuerza por mantener el brazo bien estirado para alimentar a quien está sentado a su lado; es decir, cada uno alimenta a la persona que tiene a un costado. Las condiciones son las mismas, pero la respuesta es totalmente distinta.

 

Si sólo aspiramos a gratificarnos, llevamos un vida que es un infierno, pues tenemos “el brazo rígido” y negamos el proceso que compartimos con todos los que existen. Si nos reconocemos como partes de ese todo, nos alimentamos unos a otros.

 

En la mayoría de los momentos de nuestra vida nos aferramos, por lo cual convertimos un cielo temporario en un infierno cada vez peor. Tememos perder nuestro breve paraíso y quedamos acurrucados en un rincón, negando lo inevitable. Al pretender asir el cielo creamos un infierno de vida. Constantemente adoptamos viejos patrones, pensando que de alguna manera van a dar frutos como jamás dieron.

 

(…) La larga búsqueda de satisfacción duradera nos desconcierta. El camino tiene curvas, y sufrimos cada vez que nos desviamos de nuestro derrotero. Somos como fantasmas que intentan aprehender el mundo con manos transparentes, de sombra. El condicionamiento de nuestra mente clama por satisfacción, pues desea lo que no tiene o no puede conservar. La mente se deforma a causa de los penosos anhelos. El deseo trata de apropiarse de cada manjar, aunque ya no puede tragar. Con ese siguiente bocado de torta nos ahogamos. Cuando el deseo es grande y no se lo satisface, creemos estar en el infierno. El infierno es nuestra incapacidad de tomar a la ligera al espíritu hambriento de miedos pasados y satisfacciones temporarias, la incapacidad de rendirse. Así, cuando retrocedemos hasta un rincón para evitar lo desagradable, cuando tratamos de alejarnos más del fuego de las propias ansias insatisfechas, es cuando fijamos nuestra residencia en el infierno. Y allí estamos, sin otro lugar donde dirigirnos, entrampados en nuestros anhelos, sin deseos de soltarnos, con el corazón constreñido por el miedo y la duda. Entonces, cuando el sufrimiento se vuelve muy intenso y creemos que ya no resistimos más, comenzamos a abrirnos, a vivenciar la difícil situación en que estamos. Cuando el corazón suspira y comienza a vivir su sufrir, el infierno se esfuma ante nuestras narices. Como dijo Thomas Merton: “La verdadera plegaria y el amor se aprenden en el momento en que se vuelve imposible la oración y el corazón se ha hecho de piedra”. Digamos que al soltarnos del infierno sobrepasamos el cielo, entramos en la luz que hay allende la mente.

 

Y en la desesperación del “Ahora, ¿qué hago?” puede surgir la respuesta. Porque quizá por una vez en la vida no haya una rápida resolución. Por fin no sabemos. Hace tanto tiempo que sabemos tanto, que el espacio en el cual podría surgir espontáneamente la verdad se ha llenado en demasía, queda poco lugar para nuestra verdadera naturaleza. En esta mente del “No sé” se funden el cielo y el infierno; en esta indagación abierta de la verdad es donde se presenta sola la realidad.

 

(…) La confusión es ir en contra de lo que es, consecuencia de nuestra actitud de buscar compulsivamente respuestas que llenen nuestra mente y bloqueen la incongruencia de nuestras preferencias y modelos. La confusión es el estado de no ser quien realmente somos, una dolorosa perplejidad frente a la existencia. Y sin embargo, uno puede liberarse explorando la mente confundida, reconociendo que el testigo silencioso no siempre es confusión, pues la verdad puede presentarse precisamente en el espacio que no se aferra a la “comprensión”, que no trata de llenarse como modo de autodefinición. Confusión es un empujar en contra del flujo, manotear en busca de una respuesta, cualquiera sea. El “No sé” es sólo espacio, tiene lugar para todo, incluso para la confusión misma. No hay fuerza en el “No sé”. La mente no acepta razones de fuerza: el más mínimo indicio de fuerza cierra el corazón.

 

Tal vez la esencia de la moraleja sea: “¿Puede uno mantener el corazón abierto en el infierno?”. Cuando nos cerramos a consecuencias del miedo, del enojo o de la resistencia, ¿podemos aún abrirnos a nuestra interioridad? Cuando estamos asustados, ¿dejamos algún espacio para el miedo, sin cerrarnos? ¿O acaso todo es tan reprimido, tan escondido, que muchos de los viejos esquemas constantemente se nos escapan, lo cual nos pone tensos, a la defensiva, al tiempo que nuestra vida se convierte en un desorden insensato?

 

(…) Tenemos la mente excesivamente colmada. Constantemente nos apresuramos a responder cada interrogante que surge. Rara vez permitimos que la mente no sepa. Debido a la urgencia por responder, dejamos de plantearnos “¿Quién soy yo?”. La mayoría de las respuestas que produce la mente son sólo excusas para no profundizar más. Las respuestas de la mente son las que causan confusión. No hay confusión en el “No sé”; sólo hay verdad.

 

(…) Por eso, podemos decir que al desprendernos de los viejos modelos, al abrirnos al “No sé”, descubrimos la vida. Eso implica salirnos de nuestra manera de ser del mismo modo que el sanador sale de su manera de ser y permite que la extraordinaria naturaleza del universo se manifieste a través de él. Él no está haciendo nada. De hecho, durante un momento cesó su acción orientada a sí mismo para poder convertirse en un conducto transmisor de la energía del todo, de la integridad. Así, vemos que también en el “No sé” se produce la sanación, se derriten y desaparecen viejas expectativas, y eso nos permite comenzar a vivir la felicidad de ser, de enamorarnos de lo que es.

 

Cuando ya no aferramos lo que sabemos sino que sencillamente nos abrimos a la verdad de cada momento tal cual es, la vida trasciende el cielo y el infierno, va más allá del deseo del deseo constante de satisfacción propio de la mente.

 

(…) Mucho espacio para el descubrimiento… Muy poco para aferrarnos a la vieja confusión, a los antiguos espejismos de la comodidad y la seguridad. Al preocuparnos por abrir el corazón, comenzamos a ver que no hay nada que alejar de nosotros, nada que ser, ningún sitio donde ir, que somos infinitamente indefinidos, que hemos estado tan ocupados siendo “alguien”, que ya no sabemos quién somos ni quién o qué podríamos ser. Al desprendernos de lo que sabemos nos abrimos al ser mismo, experimentamos la inmortalidad, y nuestro miedo a morir y ansias de vivir se funden en una sola cosa; cielo e infierno se resuelven en el momento. Así, se hace evidente la riqueza de la vida. No hay nada que proteger ni que ocultar. Sólo una renovada vitalidad y actitud abierta ante la vida.