Al filo de la navaja

Enviado el Vie, 09/26/2014 - 11:55

De “Psicología del despertar”
Por John Welwood

El budismo tántrico compara el camino medio –vivir en el presente sin estrategia ni agendas preconcebidas− a caminar por el agudo filo de una navaja. Cuando nos identificamos y atamos a una determinada posición nos «casamos» con un determinado aspecto de nuestro ser, perdemos el contacto con la totalidad, nos alejamos del fiel de nuestra balanza interna y podemos acabar dañándonos a nosotros mismos. Por ello es necesario aprender a volver una y otra vez a la cualidad abierta del momento presente, que es tan angosta como el agudo filo de una navaja.

 

 

La relación humana es una danza, a menudo vertiginosa, de opuestos que en ocasiones es agradable y seductora, en otras intensa y combativa, en otras sumamente estimulante y en otras, por último, realmente agotadora. Esta danza nos obliga a bailar entre los polos del acercamiento y el distanciamiento, coger y soltar, comprometernos y mantener una cierta distancia, asumir y dejar ir, renunciar y mantenernos en nuestro sitio, etcétera. Y, como todo el mundo sabe, no es un baile nada sencillo, porque son muchos los casos en los que la pareja pierde el paso y acaba sumida en la lucha. Hay muy pocos profesores de este tipo de baile y, con el paso de los años, los bailes tradicionales que nos enseñó nuestra cultura van pasando de moda. ¿Cómo podemos aprender este tipo de danza?


Todo empieza en el mismo momento en que nos sentimos atraídos por otra persona. Por una parte queremos romper nuestro aislamiento y conocer a esa persona que representa un mundo inexplorado completamente nuevo. Pero, al mismo tiempo, adentrarnos en ese nuevo mundo entraña grandes riesgos y nos sume en la inquietud porque no tardamos mucho en descubrir que estamos aferrados a la misma separación que tanto anhelamos superar. Es como si simultáneamente nos expandiéramos y nos contrajéramos o, al menos, como si alternáramos rápidamente entre ambas posiciones.


La práctica de la meditación puede enseñarnos muchas cosas útiles para aprender a bailar la danza de la relación, porque su objetivo fundamental es el de superar la división interna existente entre el yo y lo otro. Digamos, para comenzar, que el hecho de permanecer sentados en silencio atendiendo a la respiración y permitiendo que los pensamientos y sentimientos aparezcan y se desvanezcan por sí solos nos ayuda a superar la separación de nuestra propia experiencia. Entonces advertimos que el intento de aferrarnos a las experiencias que nos gustan y de alejarnos de las que nos desagradan nos impide estar completamente presentes y nos mantiene atrapados en la mente reactiva. En cambio, cuando dejamos de luchar con nuestra experiencia advertimos la presencia de una naturaleza superior despojada de toda reactividad y capaz, por tanto, de permanecer presente con todo lo que ocurra.


La meditación también nos ayuda a trabajar con las tensiones polares inherentes a la vida humana que, obviamente, se ven intensificadas por la relación, como la tensión entre el cielo y la tierra, entre el vacío y la forma, etcétera. Aprender a permanecer quietos y en silencio, ocurra lo que ocurra en nuestra mente, nos ayuda a permanecer anclados en tierra. Entonces descubrimos que no hay modo alguno de huir de nuestra forma, de nuestro cuerpo, de nuestras necesidades, de nuestros sentimientos, de nuestro karma y de nuestra historia personal. Al permanecer atentos a la respiración, renunciar a las fijaciones mentales y descansar una y otra vez en el momento presente, conectamos también con la apertura y el espacio, el principio del cielo. Y cuando más tiempo permanecemos sentados utilizando la respiración para soltar, más se abre la parte delantera y sensible de nuestro cuerpo a través de la cual el mundo y los demás entran en nosotros, una apertura que refleja nuestra humanidad y unifica los cielos y la tierra.


En lo que respecta al ámbito de la relación, el hecho de permanecer sentados significa conservar nuestra sensación de integridad ante las demandas y manipulaciones del exterior y ante los miedos y compulsiones del interior; mientras que la práctica meditativa de renunciar a las fijaciones mentales, por su parte, se corresponde con el hecho de no permanecer atados a una actitud fija, no convertir a nuestro ego en una fortaleza y estar dispuestos a abrir nuestro corazón, dejar de defendernos y arriesgarnos a amar.


El Buda asimiló la conciencia meditativa al hecho de afinar un instrumento musical para que las cuerdas no estén demasiado tensas ni demasiado flojas. Si tensamos o aflojamos las cuerdas demasiado perdemos el equilibrio tan esencial en el ámbito de las relaciones. Así pues, por más importante que sea respetar nuestras necesidades (principio terrenal), también lo es no identificarnos con ellas (principio celestial). Y, del mismo modo, debemos ser capaces de comprometernos con los demás (forma), sin perder por ello la capacidad de soltar la relación, renunciar a nuestras agendas e idea preconcebidas y abrir el espacio suficiente para que la relación discurra tal cual es (vacío). Además, para unirnos a otra persona debemos diluir nuestras fronteras, pero si lo único que hacemos al respecto es fundirnos con ella, acabaremos perdiéndonos a nosotros mismos, lo que suele conducir al desastre. Anhelamos la libertad pero sin renunciar por ello a la estabilidad y el compromiso. ¿Es posible tenerlas ambas? ¿Podemos seguir siendo amables cuando aparecen el enfado y la crítica? ¿Cómo podemos entregarnos a una relación sin perder nuestro poder y acabar siendo controlados por otra persona? ¿Cómo llegar a conocer a otro y seguir, sin embargo, viéndolo con ojos nuevos?


Las cosas serían mucho más fáciles si pudiéramos mantener una distancia segura o un conjunto de límites claros que nos protegieran sin arriesgarnos demasiado o fundirnos sin perdernos, por ello, en la relación. Pero ninguna de estas alternativas es posible ni satisfactoria. Cuando aprendemos a movernos entre la tensión y la distensión, nuestros movimientos se vuelven más fluidos y entonces es cuando realmente comienza la danza.


Existe un camino para trabajar con las polaridades y contradicciones inherentes al ser humano –que el budismo denomina «camino medio»− que consiste en no identificarse con nada, ni con el placer ni con el dolor, ni con la separación ni con la fusión, ni con la identificación ni con la separación. No se trata, en modo alguno, de una especie de insípido punto medio, sino que, muy al contrario, exige estar lo bastante atentos y despiertos para no quedarnos atados a ninguna posición, sin importar cuán justa pueda parecer. Éste es el único modo de darnos cuenta de lo que en cada momento requiere la danza de la relación. Cuando las personas se aferran a sus actitudes (cuando se empeñan, por ejemplo, en mantener posturas opuestas del tipo «necesito más proximidad» frente a «necesito más espacio»), acaban polarizándose y poniendo así fin a la danza.


El camino medio no tiene nada que ver con el establecimiento de un sistema de compensaciones o contrapesos que equilibren los dos platillos de la balanza, sino que un proceso mucho más dinámico que requiere la toma de conciencia del modo como perdemos el equilibrio. Cuando tal cosa ocurre experimentamos una sacudida que nos despierta y nos permite recuperar nuevamente el equilibrio. Entonces volvemos al presente, renunciamos a nuestra identificación con esta o aquella actitud y echamos un vistazo a lo que ocurre y a lo que en ese mismo instante requiere la situación. Y con ello no quiero decir que nunca debamos asumir una determinada postura; de hecho, la situación puede requerir hoy en día defender algo que es importante para mí y hasta luchar por ello. Pero tal vez mañana las circunstancias pueden exigirme renunciar a esta actitud, ceder y dar prioridad a las necesidades de mi pareja.


La relación es paradójica en el sentido de que nos obliga a ser nosotros mismos, expresar quienes somos sin vacilación alguna y asumir una determinada postura y, al mismo tiempo, renunciar a toda identificación con una actitud fija. El hecho de no identificarse no significa carecer de necesidades o no prestarles la atención debida. Tengamos en cuenta que, si ignoramos o negamos nuestras necesidades, acabaremos separándonos de nosotros mismos y, en consecuencia, tendremos menos que ofrecer a nuestra pareja. La no identificación, por el contrario, significa no atarnos a nuestras necesidades, nuestros gustos y nuestras antipatías, porque, si bien es verdad que tenemos ciertas necesidades, también lo es que estamos conectados con nuestro ser superior, donde esas necesidades dejan de ser perentorias. Así pues, en un determinado momento puede ser necesario afirmar nuestros deseos y, en el momento siguiente, renunciar a ellos.


El budismo tántrico compara el camino medio –vivir en el presente sin estrategia ni agendas preconcebidas− a caminar por el agudo filo de una navaja. Cuando nos identificamos y atamos a una determinada posición –afirmando exclusivamente la proximidad, el espacio, la separación, la unión, la libertad o el compromiso, por ejemplo− nos «casamos» con un determinado aspecto de nuestro ser, perdemos el contacto con la totalidad, nos alejamos del fiel de nuestra balanza interna y podemos acabar dañándonos a nosotros mismos. Por ello es necesario aprender a volver una y otra vez a la cualidad abierta del momento presente, que es tan angosta como el agudo filo de una navaja.


Encontrar el camino para volver al impredecible ahora es un acto de reequilibro dinámico que nos acude y nos despierta. Estos momentos de despertar al presente –la llamada «mente de principiante»− se presentan a un ritmo un tanto incierto y evidencian que realmente ignoramos lo que está ocurriendo. Cuando despertamos de nuestras fantasías y contemplamos con ojos nuevos a nuestra pareja descubrimos súbitamente que «no sabemos quién es» y, más allá de eso, que tampoco sabemos quiénes somos nosotros y qué es la relación. En esos momentos somos libres para volver a empezar de nuevo, porque no estamos atrapados en nuestras esperanzas o imágenes sobre quiénes somos o hacia dónde va la relación.


Sin embargo, al mismo tiempo también debemos conocernos asumiendo actitudes concretas. Danzar en el filo de la navaja significa vivir desde el fundamento de nuestro ser superior, lo que nos permite abrirnos y asumir todo lo que somos en tanto que seres humanos. Por ejemplo, después de pelear con mi pareja una parte de mí quiere seguir enfadada, mientras que otra desea expresar el amor, una situación incierta que pone nuevamente de relieve el filo de la navaja del momento presente. Es cierto que el hecho de experimentar todo lo que siento en ese instante –estoy enfadado y también te amo intensamente− puede resultar sumamente inquietante, pero no es menos que entonces podemos advertir más claramente lo que significa ser humano: tener esas emociones sin por ello vernos obligados a negarlas o a trascenderlas. Tampoco tenemos que aferrarnos a nuestros pensamientos de enfado y utilizarlos para justificarnos a nosotros mismos o para justificar el ataque a otra persona. Ahí, en el borde mismo de la incertidumbre –en la que simplemente estamos presentes con lo que es− es posible responder de un modo nuevo. Cuando experimentamos todo lo que somos y nos abrimos hasta incluirlo todo sin aferrarnos a una determinada postura, nuestro corazón se expande y permite que fluya un amor más grande, libre de la prisión impuesta por cualquier punto de vista.


Hay personas que prefieren meditar en soledad a relacionarse con los demás, mientras que para otras, por el contrario, la relación es mejor que la meditación. Sin embargo, personalmente, considero que la meditación y la relación constituyen dos aspectos imprescindibles para el adecuado desarrollo de todo el amplio abanico de nuestras capacidades humanas. Y la meditación es la práctica más poderosa que conozco para aprender a hacer frente a los problemas de relación, una práctica preliminar que nos permite amar realmente a los demás. Desde mi punto de vista, ambas son igualmente necesarias.