Alimentando nuestros Demonios

Enviado el Mié, 11/01/2017 - 09:47

De “Feeding your Demons”
Por Tsultrim Allione
Traducción: Elisa Marzuca

 


Cuando a Machig Labdrön le pidieron que definiera qué son los demonios, ella respondió: “Lo que llamamos demonios no son individuos con una existencia material de formas grandes y negras que asustan y aterran a cualquiera que los ve. Un demonio es cualquier cosa que entorpece la liberación”.


Nuestros demonios no son gárgolas antiguas tibetanas del siglo XI. Son nuestras preocupaciones presentes, los temas en nuestras vidas que bloquean nuestra experiencia de libertad. Nuestros demonios pueden venir de los conflictos que tenemos con nuestro amante, la ansiedad que sentimos cuando volamos en avión, o la incomodidad que surge cuando nos miramos en el espejo. El miedo al fracaso podría nuestro demonio en particular, o la adicción al tabaco, al alcohol, a las drogas, la pornografía o el dinero. Puede que tengamos un demonio que nos haga temer el abandono o un demonio que nos conduce a herir a nuestros seres queridos. Una persona con un trastorno alimenticio quizás tenga un demonio que exige grandes cantidades de dulce o de comida con grasosa. El demonio de la anorexia nos dice que hemos fracasado cuando comemos y que nunca volveremos a ser suficientemente delgados. El demonio del miedo nos puede estar diciendo que no podemos estar en edificios muy altos ni caminar en la noche.


A pesar de que la mayoría de las personas diría que no cree en los demonios, la palabra se utiliza con frecuencia, y cuando la escuchamos sabemos lo que significa. Por ejemplo, Alguien puede hablar de su patrón de envidia como su “demonio envidioso”, o incluso podemos utilizar la expresión “sus demonios volvieron a rondarlo”. Es común decir que alguien está “luchando con sus demonios” o decir que los veteranos de guerra “están luchando con los demonios del estrés postraumático”.


Básicamente los demonios son parte de la mente, y como tales, no tienen una existencia independiente. Sin embargo, nos relacionamos con ellos como si fueran reales, creemos en su existencia –tan solo pregúntenle a cualquiera que haya sufrido de estrés postraumático, adicción o ansiedad. Los demonios aparecen en nuestras vidas independiente de nuestra provocación, querámoslo o no. La mente percibe a los demonios como reales y se enfrasca en una batalla con ellos. Generalmente, este hábito de pelear con los problemas que percibimos fortalece a los demonios en vez de debilitarlos. Finalmente, todos los demonios tienen sus raíces en nuestra tendencia a crear polarización. Al entender cómo trabajamos con esta tendencia de tratar de dominar al enemigo percibido y ver las cosas de manera polarizada, nos liberamos de nuestros demonios al eliminar su misma fuente.
También tenemos la tendencia a proyectar nuestros demonios sobre los demás. Si observamos aquello que menospreciamos en otros, generalmente vemos reflejado uno de nuestros demonios. Si miramos a aquellos que criticamos o que tratamos de controlar, nos encontramos con los mismos demonios que nosotros encubrimos. Cuando actuamos como si no tuviéramos sombra, quedamos particularmente vulnerables a ser abrumados por nuestros demonios. Es posible que esto sea especialmente desafiante para los sacerdotes y predicadores ya que se supone que ellos han superado sus demonios; y eso solo exacerba la tendencia a luchar en contra de ellos. Esto los hace susceptibles a la hipocresía y la autodestrucción, como denunciar lo nocivo del sexo mientras ellas mismos están secretamente involucrados en las mismas prácticas que públicamente están denunciando.
(…)


Lo que quiero señalar es que con frecuencia ridiculizamos o criticamos a otros que encarnan algo que estamos tratando de reprimir dentro de nosotros mismos. Ciertamente todos tenemos impulsos sobre los cuales no deberíamos actuar, tales como impulsos violentos o el deseo de robar o abusar de alguien. Sin embargo, la represión con frecuencia no es la manera más efectiva de lidiar con impulsos inaceptables. Cuando somos capaces de admitirlos, sacándolos del closet o relacionándonos con ellos conscientemente, se transforman en impulsos menos peligrosos que cuando luchamos contra ellos. Estando escondidos solamente ganan más fuerza. Mientras más tratemos de encerrarlos, más retorcidos y peligrosos serán.